viernes, 12 de octubre de 2012

Artistas callejeros.

Hace unos años, eran novedad. Los malabaristas, saltimbanquis y acróbatas eran los embellecedores de los desayunos o fiestas de las empresas tecnológicas, en pujante crecimiento durante los '90. Allí los vi por primera vez, fuera de un circo.

Artes circenses.

Años más tarde comenzaron a hacerse ver en los semáforos disputando las monedas a los limpiadores de parabrisas y vendedores de estampitas o biromes. 

Si bien despertaban más simpatías que los limpiaparabrisas, también despiertan algún reparo. Jóvenes, desprejuiciados, fingidores, con una pocas prendas no muy prolijas adheridas a sus cuerpos delgados y fibrosos. Completamente independientes, libres, desarraigados. Eso parecen.

Nos ponen de frente a nuestras cadenas.

Ya en la antigua Grecia empezaron a mofarse de los personajes encumbrados. En la Edad Media eran los encargados de transportar las noticias, y el arte a cambio de algunas monedas. Transhumantes, ambulantes, en familias, errantes, un poco ladrones también, y promiscuos. 

La gente disfrutaba de sus parodias porque ellos, con su libertad casi atea, se permitían decir lo que nadie más podía. Hacían gala de una libertad más amplia que el resto.

Recuerdo "El séptimo sello". Más recientemente, recuerdo "La Strada".

Nómades, sin ataduras.

Sin patrimonio. Sin necesidad de patrimonios porque el patrimonio ata y ellos necesitan errar. Sin anclas. Con un circo, con una compañía.

REcién ahora los artistas callejeros, herederos de aquellos troveros, trovadores, bardos, se establecen y transmiten su arte. Arte de jóvenes hábiles.

Y tal vez un poco de envidia, den. ¿No? 

Buenas tardes. 

DELIMITACIÓN DE RESPONSABILIDAD: Todas las afirmaciones de este blog son libres interpretaciones mías, sujetas a posibles, abruptos y arbitrarios cambios de opinión sin aviso previo.

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