lunes, 31 de octubre de 2011

En la ruta del Metrobús o del subte A.

Vi que alguien leyó un post mío de hace 3 años. En general no hay mucha gente que llegue a mi blog y me inquieta cada vez que alguien lo hace, sobre todo si no sé quién es, sospecho que no me conoce y ocurre cuando estoy buscando trabajo. Porque de la gente que me conoce, pocos están dispuestos a leer los larguísimos artículos que publico :D.

Y yo los comprendo. Yo tampoco lo haría. Porque además, básicamente estos posts son introspecciones y la gente que me conoce en general sabe cómo pienso o cuando se trata de un simple berrinche.

Y este post de hace tres años era acerca de un amigo cuya empresa no lo efectivizaba, después de años de estar prestando servicios, reconocido a escondidas. Estoy por volver a verlo porque se acerca su cumpleaños y ahí noto cuán rápido pasa el año y cuán mezquino ha sido mi tiempo libre.

Cuando estaba cursando el segundo año de la maestría, el profesor de Recursos Humanos, Luis Pérez, Van Morlegan, nos dijo: "Bueno, ahora (después de la maestría) no pueden ganar menos de $5000" (no recuerdo exactamente la cifra) "ni pueden aceptar puestos que no sean de gerencia media".

Breve e instintivamente tragué saliva. No me esperaba una exigencia de este tipo. Sabía que tal exigencia no se podía materializar salvo que yo lo hiciera posible (y de hecho, la tesis está terminada pero no presentada). Pero yo no aspiraba a un puesto jerárquico. Puedo entender que el prestigio de una maestría se difunde por la cantidad de puestos jerárquicos a los que provee recursos pero en la entrevista de admisión había dejado este punto en claro. Otros intereses me impulsaban más que la promoción laboral.

Reconozco que he sentido esa misma presión también desde varias otras direcciones: conocidos y amigos con sus incrédulos "¿cómo?, ¿no sos gerenta?", "ah, yo pensé que eras jefa como mínimo", "¿más de 10 años y no efectivizaron?".

También de otras formas, no expresadas con palabras, como cuando me presento a concurso (docente) y a mi CV no le da el cuero para competir con colegas que son o han sido jefes o gerentes. Aunque igualmente recibo una recomendación para ocupar dicho puesto inmediatamente después de los JTP.

O cuando quiero opinar acerca de temas relacionados con management o decisiones para lo que sé que tengo un buen bagage de conocimientos bien fundamentados, pero no tengo un CV con que sustentar mis opiniones. 

La otra y última gran presión es a la hora de salir a buscar otro trabajo. A mi edad buscar un puesto similar o con un leve matiz diferente es inentendible. No aspirar a un sueldo mayor, inconcebible.

Pero mi mayor necesidad hoy en día no es el dinero sino el tiempo. Tiempo para mis afectos y para mis otras aspiraciones. Para mis investigaciones, para el arte.

No es una cuestión de responsabilidad. No me asustan las decisiones. Por el contrario, me atraen. Me gustaría tener mi propio negocio, como mamé de chica en casa, con la fábrica de camisas. Heredamos, mi hermana y yo, el carácter fuerte de mi padre, su mentalidad de organización y la enorme capacidad de trabajo y responsabilidad de mi madre. Pero no me gusta lo que viene de la mano de una gerencia o una jefatura. Principalmente, el tener que sacrificar mi tiempo incondicionalmente. O incluso, someter mi criterio.

El año pasado a esta altura habían corrido rumores de efectivización masiva. Que no se cumplieron en esa oportunidad. Y este año, los mismos rumores. Pienso que cada vez es más probable que ocurra y temo que alguna vez se hagan realidad y tiemblo de pensar que me "efectivicen" y pierda nuevamente mi antigüedad por segunda vez. Porque yo ya estoy en relación de dependencia. De la consultora, claro. No tengo interés de cambiar de empleador en los papeles. Es verdad que ganaría las 185 horas, el descuento de personal en la compra de un vehículo y un sinfín de nuevas presiones. Pero no quiero que me den más cosas que no pido en compensación a las que sí quiero y no tengo.

Ya hubo una primera oportunidad en que perdí 3 años de antigüedad (con lo que hoy gozaría de 28 días de vacaciones en vez de 21) y sufrí además una importante quita salarial (los "beneficios" de las efectivizaciones masivas, a cambio de comedor, otra OS -porque yo tenía ya dos-, regalo de fin de año con logo de la compañía). Hoy con 11 años que se cumplen en noviembre, lo que menos quiero es perder mis 8 años de antigüedad en la consultora. ¡Y sin cambiar de trabajo! Ese tiempo, ese maravilloso tiempo que para mí supera cualquier diferencia salarial. Ese invalorable tiempo que pasa y que nunca igualará en calidad a los numerosos días de la jubilación sólo limitados por la decadencia cognitiva.

Estoy dispuesta a perder ese privilegio y otros por algo nuevo que traiga de la mano otras ventajas preciadas para mí: la cercanía, el horario, tareas menos burocráticas, menos obstáculos a la hora de trabajar, mayor dinamismo, recuperación de skills perdidos, actualización tecnológica, oportunidad de desarrollar mi capacidad de análisis o de investigación, o de compatibilizar mis inclinaciones artísticas con la informática, ¿por qué no?...
La semana pasada estaba bastante desanimada porque me había enterado de que algunas consultoras aplicaban como primer, implacable e inconfesable filtro, la edad. Igualmente los desánimos me duran poco, sólo hasta definir cuál será la próxima estrategia y al día siguiente ya estaba elaborando la próxima. Pero para borrar cualquier vestigio de temor, igualmente hoy en mi lugar de trabajo, se incorporó un nuevo empleado, aparentemente mayor que yo.

Tal vez aún haya oportunidad para una humilde analista con funciones de project leader en una empresa mediana más cerca de casa, en lo posible, en la ruta del Metrobús o en la del subte A.

Buenos días.

DELIMITACIÓN DE RESPONSABILIDAD: Todas las afirmaciones de este blog son libres interpretaciones mías, sujetas a posibles, abruptos y arbitrarios cambios de opinión sin aviso previo.

miércoles, 26 de octubre de 2011

El primer error.

A veces simplificamos la realidad con un pensamiento algo maniqueo y una cadena de decisiones. No voy a negar la realidad de las decisiones. Considerar una alternativa, privilegiar un beneficio, son decisiones. Incluso el no accionar es una decisión. Decidir la inmovilidad, decidir dejarse paralizar por el miedo, decidir no poder enfrentar el miedo. Son decisiones también. Lo que varía es nuestro dominio del contexto, nuestro conocimiento de los factores que afectan y de las posibles consecuencias.

Un error es una decisión que no tuvo las mejores consecuencias a corto, mediano y largo plazo.

Recuerdo varias historias y películas. La primera es la película "El efecto mariposa". El protagonista, ante un hecho desgraciado y teniendo la posibilidad de cambiar algo en el pasado, ensaya distintas alternativas. Cada alternativa tiene una consecuencia desgraciada, que desea también evitar. Cuando no afecta a uno, afecta al otro. Cada ensayo implica un nuevo error a largo plazo. En la película no parece haber escapatoria.

(En la vida no sé. Realmente no sé si los resultados desastrosos y formidables, lo son permanentemente y quedan así en nuestras creencias, inalterable, como una gesta.)

La otra es la historia de "¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién lo sabe!". Dejando las moralejas de lado algo que hoy nos parece un triunfo mañana puede presentarse como una cadena que te ata.

Hasta aquí no es difícil determinar, con suficiente análisis, un antes y un después de una decisión y relacionar una consecuencia con ella. ¿Pero cuando la decisión está repartida en el tiempo? Por ejemplo, una creencia, un temor. Algo que empieza en forma dudosa, indetectable y crece y se apodera de uno con el tiempo.

Pero por otro lado, hoy en la radio Zlotogwiazda le hizo un reportaje a Adrián Paenza. Personaje de renombre, reconocido por el ámbito científico, de influencia internacional. No digo indiscutible porque nadie lo es, pero se trata de alguien que tiene en su haber más de un logro del que enorgullecerse.

El reportaje era el anuncio de la presentación de su último libro en el Maipo con Ginobili. Luego de un breve diálogo, le pregunta: "un deportista reconocido, de los mejores, ¿tiene que ser necesariamente inteligente?" Creo que es fácil imaginar a qué apuntaba la pregunta. La respuesta inmediata es hablar de las múltiples inteligencias y todo ese chamuyo tan new age que deja contento hasta al menos beneficiado por el Gran Dios Cognitivo.

Paenza dijo algo así como: "no puedo responder porque no se puede definir qué es la inteligencia. Yo he hecho seminarios y estoy al tanto del tema y no hay consenso." Atados como estamos al concepto de inteligencia y al valor que le atribuimos como parámetro de clasificación de la gente y sus actos, casi todo el equipo se pronunció durante o después, sobre algún lugar común respecto del tema.

La otra cuestión que pensé que venía detrás de esa pregunta era contrastar a continuación la esperada afirmación "sí, hay que ser inteligente" (en algún tipo de inteligencia) con los actos y opiniones de algunos deportistas famosos. Un extrapolación incorrecta, falaz y sesgada. Que nunca ocurrió. Un prejuicio mío.

Pero Paenza dijo, "no podemos hablar de inteligencia porque no hay consenso". Él, que ingresó a la facultad a los 14 años y es doctor de Matemáticas. No es moco'e pavo.

Años atrás yo medía más que bien en los "tests de inteligencia" y si bien me han sobrado evidencias para entender que ese numerito no me ha garantizado nada, y que mis logros no han tenido mucho que ver con él, creer que tenía un cheque en blanco para cuando lo necesitara pudo haber sido un error. Si existiera tal cosa llamada inteligencia, ésta es una herramienta, no un cheque en blanco, no un cheque en garantía. Cualquier cosa que sea, hay que usarla, ponerla en práctica, ejercitarla y no dejar de hacer uso de ella. Yo ejercité mi capacidad de análisis pero no hice muchos otros usos de ella.

Elegir cómo usar la inteligencia (o lo que sea que nos hace eficaces en alguna cosa de la vida real), es una decisión. Tal vez la más difícil de tomar y la más difícil de distinguir. Porque es paulatina, es recurrente, se reafirma cada vez que hacemos ejercicio de ella.
La gran trampa son esas pequeñas elecciones imperceptibles, porque no podemos identificar un antes y un después, a veces porque gotean por décadas inadvertidamente torciendo el rumbo y acotando a largo plazo nuestra paleta de opciones.

Por eso, cuidado con esas decisiones que aparecen de forma imperceptible y te alteran la percepción de la realidad. Y sobre todo pensemos, ¿para qué usamos nuestra inteligencia? Y sobre todo, ¿para qué NO la usamos?

Buenas noches.


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martes, 25 de octubre de 2011

Preguntontas.


Una práctica habitual dentro de la didáctica es el uso de preguntas, retóricas o interactivas aunque no todos los docentes saben o tienen presente cuál es el fin o con qué criterio deben hacerse.

Empecemos un poco esbozando una genealogía de las prácticas didácticas conocidas por todos. La preguntonta.

En una clase expositiva no hay énfasis en la construcción del conocimiento. Hay otras herramientas didácticas para la construcción de conocimientos. Las clases expositivas son de una vía y son más adecuadas para el tradicional concepto de tabula rasa, por la cual el estudiante viene vacío y es el docente quien vierte su cúmulo de conocimientos en ese receptáculo vacío.

La Didáctica ha avanzado mucho como para seguir sosteniendo esta idea. No sólo que el estudiante no es completamente permeable a lo que expone el docente sino que tampoco viene vacío. Viene con sus teorías previas del mundo (más o menos fundamentadas o coherentes), viene con una realidad social, una realidad económica y un patrimonio de conocimientos y habilidades técnicas previo que harán que piense o haga foco en el tema desde variadas perspectivas.

Personalmente trato de tener presente esto todo el tiempo pues creo que lo que estudiante trae es valioso y debe ser respetado.

Pero entonces, cómo hacemos para que complete su conocimiento con conceptos nuevos, cómo logramos que incorpore nuevos hábitos, útiles para la profesión o el oficio, cómo lograr que corrija las percepciones erróneas previas que pueda traer.

Esto se logra sólo si el estudiante experimenta un conflicto cognitivo.

Obligado a dar una respuesta, una explicación, el estudiante se enfrenta con que el bagage que trae no alcanza para resolver el problema. Recién ahí aparecerá (a veces es necesario algún otro tipo de motivación adicional) la necesidad de corregir o completar el conocimiento-herramienta para resolver el problema.

Y ahí recién voy al punto.

¿Cómo hacemos para que la tan práctica herramienta de la clase expositiva se acople al maletín del  docente devenido (a la fuerza muchas veces) constructivista?

El primer recurso es lo que yo llamo la “pregunta televisiva”:

¿Qué gusto tiene la sal?

El auditorio que ha sido formado en forma conductista y que portan el estigma del estímulo-reacción hecho carne, sabe qué se espera de ellos y contestará “salaaaaado”.

En clase, la pregunta anterior sólo podría hacerse a modo de broma o evocación. Pero hay preguntas comparables. Las preguntas obvias, las preguntas demasiado simples, las verdades de perogrullo. Generalmente se trata de “preguntas retóricas”, útiles para hilar la exposición y eficaces para quebrar la monotonía si están bien hechas y no se abusa de ellas.

Pero ante una pregunta de este tipo seguido de una pausa prolongada o bien con la explícita insistencia del docente, si no hay estudiantes del tipo aquel primer tipo “público televisivo” habrá un segundo tipo que no se sentirá motivado a participar y preferirá quedar en la masa anónima del expectador pasivo o bien un tercer tipo (cada vez mayor y exponencialmente creciente en la medida que aumenta el nivel educativo formal) experimentarán según su personalidad: fastidio, sensación de pérdida de tiempo, indignación por sentir que se insulta a su inteligencia, soberbia ante la corroboración de la vieja conseja “cómo curra” el docente, o cuán desactualizado está o cuán ignorante está acerca de la madurez intelectual de su auditorio.

Hoy un docente, en sala de profesores (nivel universitario), contaba que un solo alumno supo responder que la harina se extrae del trigo (en su versión más simple, claro).

Yo atiendo estudiantes universitarios, recién ingresados en algunos años y promediando o finalizando la carrera en otros. Y la verdad es que pensar eso de los estudiantes es subestimarlos. No son menos responsables ni menos sesudos que nosotros, sus docentes, con nuestra tablita de los mandamientos del buen ingeniero.

La verdad es que, en confianza, los estudiantes manifiestan estos pensamientos del tercer grupo. Se fastidian, se sienten insultados en su inteligencia o, aquellos menos cuestionadores, piensan que había una trampa detrás de una pregunta tan simple, o que se trataba de una pregunta retórica o que les estaban preguntando algo más complejo que por su desconocimiento interpretaron como una pregunta simple.

Todos esos casos conducen al silencio.

Desde luego que el docente estaba convencido del bajo nivel de sus estudiantes. He escuchado conceptos muy descalificadores de algunos docentes acerca de la capacidad y conocimiento de sus estudiantes.
Estoy convencida de que una parte es un problema generacional. Valores distintos, enfoques distintos, criterios de importancia distintos. Y por el otro, una injustificada soberbia que sólo se explica por la negación de ver a las personas que tienen enfrente tal cual son.

No es fácil romper con la tradición de la pregunta tonta como conductora del razonamiento. Ninguno de nosotros está inmune. Pero es necesario erradicarla. Es una cuestión de respeto.

Buenas noches.


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lunes, 17 de octubre de 2011

Teletrabajo: retomando de a poco este tema.

Veamos un poco mi historia respecto de este tema. Yo trabajo, bastante. Tengo más de un trabajo y me gusta lo que hago. Uno de mis trabajos es mediante el teletrabajo. Pero también me gustan otras cosas. Me gusta investigar, me gusta replantearme si sigo pensando igual o no, me gusta replantear las verdades consagradas a la luz de posibles nuevos hechos, conocimientos o noticias. Me gusta la docencia e incentivar mentes inquietas y me gusta el arte y la reinterpretación y recreación que hace de la vida. Entonces me empiezan a sobrar cosas. Algo tengo que dejar de lado. ¿Cómo hacer para que la vida alcance para disfrutar de ella y para "ganársela" al mismo tiempo?

Entonces en un momento pensé en el teletrabajo. Y cuando empecé a buscar vi que había varias cuestiones que lo hacían difícil. Era complicado y con pocas perspectivas de éxito plantearse en vivir mediante el Teletrabajo. Había muchas falsas promesas, sobre todo con el marketing multinivel y la venta piramidal que parecen ser la respuesta cuando todos los otros intentos fallaron.

Desde algunas perspectivas a las economías les conviene el teletrabajo (desde algunos puntos de vista). Al medioambiente les conviene el teletrabajo. A las personas ordenadas les conviene el teletrabajo.

Pero...

Es muy difícil gozar de la libertad que te permite el teletrabajo con las seguridades de una relación de dependencia.

Es muy difícil acordar los términos de la labor y es muy difícil controlar su cumplimiento.

En el caso de jefes que han tenido la experiencia de trabajar con teletrabajadores de otros países hay cuestiones culturales muy difíciles de zanjar: niveles de comprensión, de sentido común y de obviedades muy diferentes cuando se traspasan los límites de la región (no hablo de continente sino de zonas afines dentro de un mismo país).

Legalmente es muy difícil establecer los límites de la relación laboral y sobre todo es muy complicado delimitar las responsabilidades en caso de siniestros y enfermedades laborales. Si hablamos de vínculos transnacionales, empieza a haber problemas de tributación y responsabilidades.

También se complica a las empresas, mantener un control de la información, sobre todo en casos de información confidencial o secreta por barreras instrumentales de control. Las empresas grandes han ido implementando cada vez más sofisticados mecanismos de seguridad para evitar fugas o intromisiones, sobre todo a partir desde el acceso desde Internet pública.

Por último, a gran parte de las personas les cuesta (hoy, en la transición) separar lo que es el trabajo (en el caso de teletrabajo) de lo personal. Así hay gente que no puede trabajar desde su domicilio porque su familia no entiende que no debe interrumpirlo para resolver asuntos cotidianos. O gente que no puede comprender que está trabajando y prioriza otras tareas a lo laboral, y no puede delimitar un espacio físico y un espacio de tiempo para la labor, o gente que empieza a descuidar su arreglo o higiene personales o bien que se aislan debido a la disminución del contacto humano. La educación debería tomar en serio la formación de perfiles aptos para el teletrabajo y no sólo con las competencias instrumentales necesarias.

Desde la época en que investigaba el tema al día de hoy ha habido cambios. En esa época hubo un programa del Ministerio de Trabajo que llevó adelante con algunas empresas. Otras compañías, abrazaron el modelo corporativo sin convenios con el Ministerio. Así las empresas grandes permiten para algunos puestos, el trabajo desde el domicilio una o dos veces por semana, en un régimen mixto y con ciertas pautas preacordadas. En otros casos, las empresas más chicas y las consultoras, cuentan con personal freelance que trabajan desde cualquier lugar y que concurren ocasionalmente para algunas reuniones eventuales.

El proyecto de Ley de Teletrabajo tal como ingresó en el Congreso nunca prosperó. Un segundo proyecto de ley, más completo y mejor trabajado, que supuestamente presentaría hace unos años el sindicato AGOSIA de la mano (también supuestamente) del Dr. Bauzá (hermano del famoso), nunca vio la luz. Nunca logré coordinar con su secretario general la lectura de dicho proyecto de ley.

Es una realidad creciente, en la medida que se produzca un recambio generacional, se irá concretamendo más naturalmente.

Estos últimos meses en que el tránsito está endemoniado literalmente, se hace imperioso avanzar en este régimen, aunque sea ensayando diversas modalidades en paralelo.

Pero hay dos cuestiones fundamentales: la información, el conocimiento y la colaboración por un lado y la misma naturaleza y necesidad del trabajo por el otro.

He estado dándole vueltas a estos temas, y creo que no me va a resultar fácil darlos por terminados.

Por ahora prefiero disfrutar del transcurso.

Buenos días.


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miércoles, 12 de octubre de 2011

Terquedad-perseverancia

Las resignificaciones son otra forma de caer en eufemismos. En realidad, muchas veces hacemos uso de la resignificación para suavizar algo mediante un eufemismo.

Ayer, mientras leía la vida de Monet, la creación del grupo de impresionistas (no recuerdo el nombre del grupo) en donde tantos artistas de renombre participaron y se alejaron como la marea pensé: "en el arte es igual que en cualquier otro ambiente".

Monet fue bastante pobre una parte de su vida, incomprendido diría la tradición. Pero yo no soy tan caritativa. Monet eligió comer a veces por perseverancia. Él se sentía conmovido por la naturaleza y sentía que no lograba transmitir esa emoción, ese éxtasis que experimentaba con la luz, las atmósferas y no podía sino insistir en ello. Incluso debiendo comer salteado. Cuando finalmente llega el reconocimiento, con él llega el plato asegurado.

Tal como mencioné en varios posts anteriores, en esto del capital intelectual (arte, ciencia) está la oficialidad y el innovador que busca ser reconocido, en su originalidad. Así Monet no quiso recibir una educación formal en el arte, no quería incorporar el saber oficial porque no alcanzaba para expresar sus impresiones.

Su padre vio su perserverancia como terquedad.

Los amantes del arte, educados en el canon intelectual, lo vituperaban despiadadamente.

Tan peleado con el saber estatuido no estaría porque aspiró a ser reconocido en el Salón, ámbito en el que se sabe que las vanguardias tardan en ser aceptadas. En el libro que leía se citaban algunas críticas contemporáneas (y recordaba también las críticas a Felisberto, y pienso también en mis propias críticas, cuando me siento en el banquito alto y me calzo el monóculo con la ceja levantada :D ). Una de ellas mostraba indignación y se respaldaba en los comentarios burlones de un artista de gusto oficial que lo había acompañado. En su redacción utilizaba un estilo socarrón que destilaba bronca e impotencia, como ofendido en su buen gusto.

Yo me imagino....

De los cuadros de Monet que estaban en el libro los que más me impactaron fueron los que sí fueron aceptados en el Salón: Impresión, sol naciente y Camille con vestido verde. Muy distintos ambos, no en los extremos pero casi.

El Salón de París (en todos los países hay varios Olimpos de artistas, acá también) era la cúspide de la oficialidad. Las vanguardias llegan pero tienen que sobrevivir a muchos palos.

Otros pintores del grupo también aspiraban al Salón y aún exponiendo en su propio grupo (Sociéte Anonyme Coopérative d' Artistes-Peintres, -Sculpteurs, -Graveurs, etc), no dejaban de presentar cada tanto alguna obra.

¿Por qué?

Porque aunque fueran muy criticadas, los autores que exponían en el salón empezaban a vender sus obras y por ende, a comer. Ese reconocimiento lograba que aquellos que no hubieran dado dos chirolas por un lienzo del autor, vaciara sus bolsillos luego de la expo.

El reconocimiento oficial funciona así. La peleás hasta que "entrás" y una vez que estás adentro empezás a facturar.

Creo que no estoy contando ninguna novedad.

Monet ya era reconocido en su grupo. Todos ellos lo eran. Monet y Manet pintaban los mismos temas, juntos, conviviendo. Unos se halagaban a los otros, se admiraban mutuamente y se estudiaban, se sugerían las técnicas. El grupo los contenía y ellos ya tenían el reconocimiento de quienes valoraban y respetaban.

Monet como uno de tantos ejemplos de terquedad-perseverencia, la dupla de defecto-virtud (no es terco, es perseverante), tiene su contrapartida en el lego.

Con poco y nada de base teórica y/o sensibilidad artística, el gran público abraza con pasión lo que le dicen que es bueno. En el ambiente de la pintura, los curadores, los salones nacionales, ciertas galerías de prestigio, ciertos críticos. En la música los columnistas de música, los sellos discográficos y también, por qué no, el under (como fue el grupo impresionista en su momento). 

Grupos con intereses diversos.

La industria cultural, que le dicen.

Buenos días.


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martes, 11 de octubre de 2011

Ha muerto el Rey... ¡Viva el Rey!

Desde mi superficialidad ignorante cuando leo a Bourdieu, tal vez me quedo en la superficie, o en alguna orilla desde donde se ve Bourdieu, o su sombra... a cierta distancia. Como en el ejemplo que daba Sábato en Uno y el Universo, acerca de la explicación de la Teoría de la Relatividad a un lego. "¡Ahora sí la entiendo a la Teoría de la Relatividad!... Mmm, bueno, pero es que ya no es la Teoría de la Relatividad" (versión libre del final).

Sino tal vez algún concepto predecesor que conocían y aceptaban todos.

Seguramente Bourdieu hablaba de cuestiones bastantes más medulares que las poquitas ideas que yo deformo al amoldarlo a mis límites, en mi proceso de acomodación.

Demasiadas palabras para justificar por qué doy el nombre de Boudieu a lo que sigue y con lo que yo acuerdo.

Me refiero al capital intelectual, a la cultura oficial que menciona y que desarrolla Zygmunt Bauman también, al hecho de ser aceptado como un puntal de las nuevas ideas, o ser finalmente reconocido, muchas veces en forma póstuma.

Se me retuercen las entrañas en el caso musical, del que algo conozco, cuando son citados hoy como parte de la oficialidad (no política, que no se malinterprete, sino de los artistas consagrados) luego de décadas de ser considerados simplemente rockeros rebeldes. Hoy son autoridades en la materia. Pensaba mucho en esto últimamente porque me llega en forma de rumor, que alguno de esos renombrados exponentes musicales que surgieron del rock, pagaban por sus composiciones a autores desconocidos y se arrogaban su autoría, disimulaban un falso virtuosismo con excentricidades sobre y bajo el escenario, o bien desafinan como perros al ser castrados (esto sí me consta) pero se comparan o hacen dúos con cantantes de verdad cuando no tendrían que hacerlo más que en algún asado entre amigos.

Ayer leía la vida de Monet.

Siempre hubo élites de intelectuales y artistas, que formaron sociedades, expresaban sus credos en manifiestos y no andaban solos jamás, siempre entre amigos que a veces se distanciaban estrepitosamente o se reencontraban en proyectos una y otra vez.

Así que me enteré un poco más en detalle acerca de cómo surge el impresionismo. Cómo fue combatido y cómo finalmente aceptado.

Algunos cuadros me parecieron sublimes, como "Impresión, sol naciente", otros, la verdad que no.

(Cualquier cosa que yo diga se justifica por mi ignorancia. Mi ignorancia me hace impune en este tipo de opiniones. De lo que no me salva es del hecho de opinar a sabiendas de mi ignorancia.)

Monet pintando casi ciego al final de su vida como Beethoven componiendo y dirigiendo casi sordo.

A veces me pregunto, si nosotros los legos, no encumbramos los errores de los artistas reconocidos, finalmente aceptados por la cultura oficial, como si se trataran de innovaciones y a partir de ellos creamos escuelas que cultivarán artistas menores, crédulos de las justificaciones rebuscadas que inventan los estudiosos.

Luego, al igual que el gato del gurú, se hace dogma, lo naturalizamos, y nuestro oído, nuestra vista, los hace de buen gusto y así la vida va cambiando de rumbo sinuosamente a partir de las oportunidades que pierden los que no reaccionan. Somos nosotros, los legos, los ignorantes, quienes portamos las banderas de los genios, quienes ponemos el pecho a las balas y abrazamos causas ajenas, cuando creemos comprenderlos, cuando pensamos que los interpretamos y necesitan ser defendidos... aunque ya no sea la Teoría de la Relatividad.

Y esos artistas e intelectuales los dejan hacer.

Esos innovadores con sus grupos de amigos intelectuales, críticos afines y fans que aspiran a intelectuales pero no les da el paño para ser originales, hacen posible que los viejos reyes sean destronados.

La adquisición del capital de Bourdieu.

Cuando hacía mi tesis había estado leyendo acerca de cómo se imponen los artistas pero lo dejaré para otro post. Porque si estas ideas rebosan hoy no es por una o dos lecturas... retomando...

En muchas historias de estos genios había algo de burla hacia los ignorantes, aquellos que consumimos, cholulos, cualquier cosa que proviene de ellos como un néctar sólo porque si ellos lo hacen, debe estar bien.

Lo hizo Mozart, lo hizo Ravel. Lo hizo Borges.

Buenos días.


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miércoles, 5 de octubre de 2011

El paradigma dominante.

Cuando Bourdieu habla del capital intelectual muestra dos estamentos: los que monopolizan el prestigio, el veredicto, la norma y los que aspiran a ello. O sea la oficialidad y la oposición. Los veteranos y los novatos.

Los primeros son los repositorios del acervo cultivado por generaciones hasta las innovaciones aportadas por ellos y aceptados por los restantes miembros de esa clase que les reconocen su posición. Los segundos vienen a subvertir lo previo para ser honrados con el reconocimiento original, de ser los primeros, los vanguardistas, los originales.

Pero este modelo se repite en todos los ámbitos. Digamos que en educación hubo y hay una oficialidad que se yerguen como adalides del paradigma corriente y hay una oposición, un segmento heterogéneo de ideas contestatarias, cuestionadoras, que representan uno o más paradigmas alternativos al estatuido.

Un paradigma se instala cuando logra responder las preguntas sin respuesta del paradigma anterior y además responde las que ya lo estaban, aunque bajo diferente luz.

En Economía, el paradigma dominante, el actual, el indiscutible, es el capitalismo. Nuestra forma de pensar lo es. Cuando repetimos las afirmaciones sobre el dólar, la inflación, los precios relativos, la balanza comercial, el sistema previsional, las reservas, las inversiones, el ahorro, la bolsa, los préstamos, los salvatajes, expresamos variantes en las que nos entretenemos pero sin salirnos del escenario. ¡El derrame! ¡Las externalidades positivas, negativas, los bienes públicos!

Pero hay otros escenarios con otros vocabularios y otras relaciones.

Desconocidos.

En donde las cosas se explican por otros motivos, aunque tomen prestado el vocabulario del paradigma vigente (para poder tener un marco de referencia). Las definiciones, el rastrear de qué manera se expresan las mismas cosas a lo largo de los siglos, nos muestra hasta dónde un paradigma domina nuestra forma de pensar. Lo estructura. Le da sentido. Lo conforma.

Así, después de algunos años de proselitismo, nos sorprendemos repitiendo que la oferta, que la demanda, que las barreras de entrada, que el ahorro, que la inversión, que el riesgo país, que el riesgo sistémico, que las primas, que la balanza comercial, que la apreciación de la moneda.

O que el mercado de bienes y servicios.

O que el mercado de trabajo. (Ay, dedo en la llaga).

No tenemos forma de pensar hoy la actividad humana si no es en términos de trabajo. Si tomo clases por hobby, alguien me las imparte como un trabajo. Si presto mi colaboración en una obra solidaria, hago trabajo voluntario. Si no tengo un trabajo, nadie asume que tengo derecho a comer, vestirme y guarecerme bajo un techo al abrigo. Sin trabajo no tengo dignidad porque el trabajo dignifica. Si no trabajo soy una vaga, el ocio madre de los vicios y la pereza mala compañía. Si tengo un buen salario, tengo derecho a una cirugía estética, a un auto lujoso, a una cartera exclusiva o una joya costosísima, porque me lo merezco, por mi sacrificio, por mi aporte a la sociedad. Yo, me merezco lo que obtengo. Y otro que no trabaja ni la mitad, no lo merece.

El que más activos personales tiene, prospera, se convierte en el más fuerte y es esa fuerza la que en virtud de una visión darwinista de la sociedad, explica, naturalmente, la nueva selección natural: naturalmente prosperan los que detentan el conocimiento, la inteligencia emocional, la educación sofisticada de los elegidos. Los que nos merecemos la comodidad y el lujo por nuestro esfuerzo, nuestra dedicación, nuestros valores.

Porque nuestra forma de pensar es la del paradigma dominante, mis introspecciones versan acerca de eso desconocido que está fuera del paradigma, contemporáneamente o extemporáneamente. En el pasado, en el presente o en el futuro. Aquello que es impensable, ofensivo o novedoso porque desafía nuestra estructura de pensamiento.

Todos los paradigmas tienen lagunas. También éste. ¿Dónde están esas lagunas? No sé. Las busco, veo lo síntomas, pero no puedo hacer un diagnóstico. Si hay un paradigma mejor formándose, desconozco. Y que da pavura pensar en otra forma de concebir el mundo. ¡Indudable!

¿Yo me iba a cuestionar algo de todo esto 10 ó 20 años atrás, cualquier aspecto, cuando fui educada para explicar mi vida con esta lógica?


Buenos días.



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