martes, 2 de febrero de 2010

Un poema de Marcos Silber.

(Salió en el nro. 27 de la revista "La Guacha" y lo trajo Carmen para compartirlo en el taller de lectura. Perdí la fotocopia y recién hoy, Carmen, me lo envió escaneado. Es un poema que me conmueve tanto, me desgarra, me transmite el dolor, la bronca, la violencia y a la vez lo veo tan bello, con la belleza de la procacidad del lenguaje marginal y los recursos que ofrece. Supongo que algunos no compartirán y está bien que así sea).


Hay sequía loco. Va para largo que no cae una gota de merca.
El Monje está guardado, y no alcanza el fervor maternal de la Rusa María,
La braguetera del callejón no alcanza.
Ni alcanza el fueguito que Juan "Mechita” sostiene como llama votiva.
Entonces nos juntamos -vea- a gritar cantar entre todos.
Decimos queremos hacer el odio no el amor y decimos
Con los derechos de la misiadura y decimos
El que no canta grita que se borre y decimos
El que se borra es hijo de la yuta.
Hay sequía loco. Va para mucho que no cae una gota de merca.
Aunque el Nene Manguera anuncia: hoy vienen.
Viene el Alemán barbudo, se llama Carlos y la tiene clara;
Te la dice posta cómo te tragan los de arriba.
Chamuya fino pero se entiende.
Y también viene Vladimiro, el bocha que no deja de chillar
todo el poder a la doce’. Y anuncia Manguera: algo traen, no sé.
Son de peligro dice la taquería. Deben traer de la buena.
Sería grande que no tarden.
Aquí hay bronca y soledad y frío y oscuridad hay aquí.
Se supo, fue el cuervo Marito
Quien se volteó a la sorda del kiosco.
Y Manguera dice que Vladimiro dice que Carlos dice:
"los de abajo no deberían lastimarse entre sí”.
Hay sequía loco. Va para demasiado que no cae una gota de merca.
Entonces nos juntarnos -vea- para gritar cantar
‘Queremos hacer el odio no el amor’ y decimos:
Con los derechos de a misiadura y decimos:
Así que vengan los pesados del verso
Los grandotes de la palabra que vengan.
Que venga el Portugués Fernando con sus múltiples sombras;
Que venga el Ciego Mayor Señor de los Laberintos,
Aquí los espera el arca con las cenizas de Alejandría.
Que venga el cabrón Perse con sus “poemas hechos de nada”;
Y el tano Salvatore que venga, el Quasimodo, porque
anochece y estamos solos sobre el corazón de la tierra”;
y que venga Federico, el espléndido marica,
en la calle ésta de los cuchillitos estaremos a las cinco en punto de la tarde.
Que venga el Capitán de Chile con sus mineros que venga
Don sus versos más tristes y el azul de metileno.
Y el Cholo César que venga, que se traiga su jueves,
El puto jueves, la puta muerte, el aguacero.
Hay sequía loco. Va para eternidad que no cae una gota de merca.
¿Qué pasa? ¿Se murieron los dilers? ¿Todos se murieron?
¿Qué dice la gilada? ¿La tele qué dice?
¿Dice algo de nosotros, algo dice? ¿Por qué no vienen?
Arrugan, eh! ¿Tienen miedo? ¿No quieren mostrarnos la jeta?
¿Malos somos? ¿Somos feos?
Monstruos, esos somos; forajidos y oscuros y perdedores y reos somos; eso.
¿Qué pasa hoy, no servimos? ¿No vendemos?
¿No hicimos ningún barullo grande, no nos fumamos todo, no tapamos el cielo?
¿No somos noticia hoy? ¿Ningún chico se regaló para fiambre?
Vengan turros y díganle a la gilada que aquí es siempre noche, sólo noche, y que te devora las tripas la víbora de fuego;
y que el silencio, esa rata de la oscuridad
se pone arriba del día, y digan que te pudre, que mata, revienta. Vengan turros y vean la tiniebla, que vive aquí,
Que no se corre, que se queda.
Hay sequía loco. Va para olvido que no cae una gota de merca.
No queda otra entonces que juntarnos a cantar gritar
"queremos hacer el odio no el amor"
y decimos: pesa el bajón, loco, pesa.
Va para el reloj de todo el tiempo y no da para más la sequía. No.
Así que vengan los pesados del verso los grandotes de la palabra que vengan,
que vengan a levantarla aquí. Aquí donde vamos a regarla
con alcoholes de zozobra y blancas de soledad vamos a regarla;
con los gritos nuestros los cantos de nosotros
disparados desde las tripas nuestras de nosotros;
que vengan los pesados los grandotes que vengan
los Papás de la espléndida palabra
que vengan hasta/para el corazón la cabeza
de nuestro fugitivo chiflado mísero día.
De cada día.
Aquí.


Marcos Silber

Buenos días


DELIMITACIÓN DE RESPONSABILIDAD: Todas las afirmaciones de este blog son libres interpretaciones mías, sujetas a posibles, abruptos y arbitrarios cambios de opinión sin aviso previo.




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La solidaridad mal entendida II. (actualizado al 11-jul-12)

Algo que me irrita (bah, otra cosa más -de las tantas- que me irrita) es cuando la gente se sube a la tarima y sentencia: "arreglan las plazas y hay gente que no tiene qué comer". Es una clásica chicana.

Yo soy la primera en desear que todo el mundo tenga sus necesidades básicas satisfechas (y no malamente satisfechas), pero desde gobernar una casa a un país, incluye atender a esas necesidades básicas, pero además hacer sustentable esa satisfacción pero también mejorar el bienestar, y aspirar a necesidades de otro nivel. Es la forma de progresar. Sino nos quedaríamos en lo primitivo: comida, salud, vestimenta, vivienda y seguridad.

Tal vez por mi pensamiento sistémico o por mis años de análisis para mí es obvio, pero algo en lo que creo fervientemente es que si en tu vida hay 10 cosas mal, un plan de vida utópico e innecesario es revertir el estado de esas 10 cosas. Porque esas 10 cosas no son independientes, simplemente porque el ser humano, por mejor que sepa "separar las cosas", es un único individuo y no puede ignorar el resto de su acontecer. (11-jul-12: tal vez mi pensamiento sistémico sea la variable que tengo que cambiar)

Así que si mejoramos una o dos cosas, el panorama entero cambia. Ya no van a ser esas las 10 cosas que andan mal en mi vida: no importa si la cantidad se mantiene o disminuye (o aumenta si implicó acceder al "nivel 2") el panorana YA ES otra coas.

Un ejemplo tonto que tal vez pueda criticarse por simplista (pero no está tan alejado de la realidad): una persona no tiene trabajo y vive al límite, vive en un barrio de alto riesgo, con miedo, sale y vuelve temprano, toma dos colectivos porque una de las líneas pasa por una villa peligrosa. Gasta el doble en viáticos y no puede tomar trabajos en horario vespertino, tiene una visión negativa del mundo, desconfiada y a la defensiva. Supongamos que esa persona obtiene la oportunidad de mudarse a otro barrio mejor conectado a los centros que ofrecen trabajos de su especialización, con tránsito directo y más seguro. Pasan varias cosas, de una vez, gasta menos en viáticos (aunque sea chaucha y palito), gasta menos tiempo en viaje y está más descansado, cambia su actitud frente al otro, desconfía menos, ve rostros más amables, se anima a contar con el otro en lo más básico como antes no contaba y además, tal vez, puede tomar un trabajo vespertino, que le conviene, tal vez le gusta incluso y ¡tiene un ingreso que no tenía! (11-jul-12: pésimo ejemplo, pero el concepto lo sostengo).

Cuando cambian una o dos cosas, todas las otras se ven afectadas.

Por eso, yo veo bien que un gobierno (del hogar, de la ciudad, del país) atienda no sólo a las necesidades básicas sino también al bienestar. Razonablemente, claro.

Es importante la limpieza, es importante la accesibilidad, es importante la belleza, es imporante también el esparcimiento. Es importante mejorar el lugar donde uno vive, favorecer el encuentro con el otro, favorecer compartir actividades o gustos, favorecer la identificación, cohesionar un barrio, una ciudad, una región o una nación por encima de las barreras que impone la segmentación económica.

Por eso, para mí, la solidaridad mal entendida apunta al asistencialismo puro, de lástima.

Yo no creo que tener lástima ayude a alguien. Cuando le tengo lástima a alguien, le quito su dignidad. No le reconozco su capacidad de valerse solo, no le reconozco su capacidad de elegir lo mejor para sí mismo aunque sea distinto de lo que yo creo que es mejor. No le reconozco su individualidad de elegir cómo conformar su propio bienestar.

Por eso, yo creo que aquellos emprendimientos solidarios que favorecen compartir un momento de alegría, de encuentro en los gustos comunes, de la risa, o de la emoción, es importante y también a apunta a generar ese mejor ambiente que es bueno ambos a la vez. Eso es sustentable porque el disfrutar de algo, que es lo mismo que disfruta el otro, crea un lazo. Un lazo verdadero, no forzado, no de campaña publicitaria. De lástima amarillista. De ponerse por arriba y decir "qué barbaridad, qué mal viven, menos mal que nosotros sí tenemos cabeza. Bueh, que al menos tengan un cacho 'e pan." Eso es desprecio y no ayuda a nadie. Sólo favorece el odio, el revanchismo.

Por eso creo que los espectáculos gratuitos, las exposiciones o conferencias gratuitas, las charlas, cursos, jornadas y juegos comunitarios, mejor cuando son voluntarios (como un modo de concebir la sociedad) son emprendimientos solidarios sustentables: construyen una mejor sociedad que nos sirve a todos y modifica la visión del mundo, . Eso que compartimos unos y otros, que es común y bueno para ambos, nos hace iguales (en ese instante). No hay brecha, puedo relajarme y mirar al otro sin rencor, si la sociedad ofreciera cada vez más espacios de encuentro en donde no tenga que pagar, no me quiten lo que tengo en el bolsillo y me cuesta la vida ganar.

¿Dar de comer? Al desnutrido, al enfermo, al que no puede valerse por sí mismo, al que está pasando temporariamente por una emergencia. Si yo no le doy oportunidad para que se valga por sí mismo, lo hago mi esclavo: depende de mí para subsistir. Me puse por encima. Estoy uno o más escalones por arriba o delante.

¿Remedios, asistencia médica? Sin dudarlo, pero con el concepto de que el ser humano es una forma de vida maravillosa y que el sólo hecho de que exista hace que valga la pena conservarlo. No, porque yo puedo y el otro ("pobre...") no.

Darle su lugar al otro, no avasallarlo, dejarlo que elija, pero darle oportunidades de acceder a lo que elige, con un esfuerzo razonable. Eso es para mí la solidaridad bien entendida.

La solidaridad bien entendida (siempre para mí) tiene que difundir los medios, permitir que los interesados puedan aprender cómo acceder a lo que necesita (razonablemente en tiempo, costo, esfuerzo) y aprovechar las oportunidades que ofrece el mundo, y garantizar que las oportunidades no están limitadas a unos pocos. La solidaridad bien entendida no tiene lástima, no regala, valora el esfuerzo pero ayuda a no flaquear. Permite que el otro "pueda". Naturalmente, sin pensarlo siquiera. De sentido común.

No conozco a nadie que no sienta placer al recordar con orgullo cómo se ganó eso que obtuvo y ansiaba tanto. Si le quito esa posibilidad al otro, también lo estoy sometiendo, le estoy quitando la posibilidad de sentirse digno, orgulloso de sus logros.

Por eso, yo creo que mientras la sociedad no cambie y sea aún necesario el asistencialismo, ya hay que empezar a construir esa sociedad que vea el derecho a ser digno del otro como algo natural.

Buenos días.


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