jueves, 12 de julio de 2012

Revisando mis creencias.

Cuando era chica yo me afilié a la UCR. En Argentina, recién se abría la posibilidad de participar políticamente, había estado informándome desde 1980 y apenas tuve 18 me afilié. Había sido formada con mentalidad de derecha y si bien no me cerraba, cada vez que cuestionaba me decían que era muy inocente, que no creyera en todo lo que decían. Los argumentos que todos conocemos, sobre la vagancia, la comodidad, los humos y demás.

Yo aprendí a repetir esas cosas pero con ciertos límites. Tratando de suavizarlos porque había aprendido a callar mis dudas. Durante años traté de morigerar el credo impuesto para repetirlo y justificar lo que veía. Lo mismo pasaba con la Justicia, lo mismo pasaba con la ley en general, con la democracia, con los regímenes representativos. Simplemente me parecía mal pensar que la democracia pudiera no ser lo mejor, que un sistema representativo pudiera no ser lo mejor. Eso ni se piensa.

Me afilié en Scalabrini Ortiz y Corrientes y a quien conocía era a De la Rúa.

Mi primer intento de militancia fue en Av. Gaona y Paysandú más o menos. Yo esperaba formación: historia, ideología. En cambio terminamos en un bar tomando cerveza (no me gusta la cerveza) y esa fue mi primera y última concesión. No me interesaba ir a hablar de bueyes perdidos sino de política y en particular, de Educación. Que para mí, era fundamental.

Después de un tiempo alguien vino a casa, a seducirnos para las elecciones dentro del partido y terminé en otro ateneo en Flores, en Boyacá y Rivadavia más o menos. Allí tuve varios encuentros con Fabián Barrios o Barros y otros jóvenes, ya no recuerdo, hasta que un día me enteré que la casa de ese comité había sido alquilado por la Coordinadora (la línea alfonsinista, yo ya simpatizaba con Alfonsín) pero que habían dejado de pagar y habían tenido denuncias de vecinos por ruidos molestos y fiestitas, así que ellos, los de la Línea Unidad (ecléctivos ni chicha ni limonada), que eran todos calladitos y trabajadores, y no fiesteros, se habían hecho cargo de los alquileres atrasados.

A la reunión siguiente viene Fabián y nos dice que nos vayamos porque venían de la Coordinadora a patotearnos. Yo nunca me caractericé por la valentía. Así que ese fue mi último intento de militancia.

Después de eso los distintos avatares dentro de la UCR hicieron que no sólo no me sintiera identificada sino que renegara de la UCR. Terminé votando a cualquiera pero ni peronistas ni radicales. A partidos chicos, a partidos de izquierda, mientras veía qué circo era la política y qué escasa vocación de servicio y cuánta de poder había en todos absolutamente.

Aún así, obediente como me enseñaron a ser, y correcta como me enseñaron a parecer, no me atreví a manifestar mis dudas. En mi familia, tenía prohibido tácitamente ser peronista (igual no me identifico). Comunista menos. Socialista o radical era aceptable. Y por allí me encaminé.

En los últimos años mi voto fue un intento de disminuir la hegemonía, evitar, impedir la hegemonía. Aunque me parecía que eran un montón de parásitos desvergonzados, conventilleros y mentirosos, lábiles, sin ideología, lo que yo quería era evitar que se alzaran con el poder. Una total ingenuidad.

Durante toda mi vida creí que la función del Estado (o gobierno para mí) era proveer educación, salud, y seguridad hasta por ahí nomás. Pero la verdad es que no estaba muy convencida. Mis dudas sobre la educación, sobre todo.

Lo que sí sostenía entonces y aún hoy sostengo es que la convivencia es importante. Que las oportunidades tienen que estar al alcance de todos con un esfuerzo razonable y que no se trata sólo de comida, ropa y techo, que la vida tiene bastante más que eso.

Sigo pensando que remitir a ideas como limitar el bienestar a las necesidades básicas es un pensamiento retrógrado. Sigo pensando que la belleza y la comodidad son importantes para la vida.

No pienso que hay que levantar el techo para permitir que el piso suba, aunque escribí eso. Esto era una concesión a mis amigos y otra gente que quiero, pero la verdad que no lo creía entonces y tampoco lo creo ahora. Me engañé, no quise ser dura y dije lo que me parecía que podía dejar conformes a todos.

Acumulé mucho enojo y evitaba volcarlos en los posts porque temía que alguien los leyera y viera quién realmente soy. Porque sufrí mucho siendo cuestionada y criticada. Censurada, etiquetada. Cuando me animaba a concordar internamente con alguna idea un poco más a la izquierda, pedía permiso, pedía perdón, advertía, trataba de contemporizar todo lo necesario para no mostrar la hilacha.

Tuve que enfrentar muchos miedos para poder hacer ese corte. Recién cuando me empezó a llegar material que reflejaba lo que pensaba y empecé a contactarme con gente afín, recién ahí pude empezar a soltar algunos pensamientos, a preguntarme y cuestionarme con libertad. Y es maravilloso.

Nadie sabe lo que pasé descubriendo coincidencia con los anarcocomunistas. No podía seguir leyendo. Me asustaba tanto concebir de lejos la idea de que pudiera identificarme. Yo había sido enseñada a pensar "bien". Ser de buena familia, dócil, colaboradora.

Nadie sabe lo que me costó aceptar mis coincidencias con la literatura anarquista.

Igual no comparto todo, entiendo pero no comparto.

Y sigo pidiendo perdón (igual que antes) porque releyendo los primeros posts, tan contemporizadores, tan de no decir absolutamente nada, tan de no jugarme, no puedo menos que sentir pena de mí misma.

¿Y si dentro de 3 meses siento pena de lo que hoy estoy diciendo ahora y me arrepiento?

Creo que cuando tenga tiempo, voy a levantar todos mis posts, revisarlos, para mí fundamentalmente.

Buenas tardes.





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