miércoles, 11 de julio de 2012

Martín Pescador, ¿me dejarás pasar?

Hoy padecí puertas, llaves, rutas, puentes que me hirieron de muerte. Mis palabras exageran pero no mi angustia. Día de bocinazos.

Es increíble la cantidad de esfuerzo y creatividad humana empeñada día a día a sostener y emparchar un montón de imaginarios muy significantes pero completamente inútiles. Sometemos nuestra vida y no sólo eso, sino que además nos sentimos orgullosos por nuestra contribución al gran disparate social que apuntalamos con nuestras torpes intervenciones. Incluso, como cachorros bien entrenados, nos sentamos sobre las patas traseras y nos incorporamos volcando nuestras manitas en señal de sumisión y aguardamos alertas y expectantes, nuestro premio. Yo, la primera.

Como en la conspiración de los necios de John Kennedy Toole, el plan más disparatado es el único posible, el producto de nuestra inocente idea de estar en lo cierto y ser los únicos además, de nuestras improvisaciones inconsultas basadas en nuestro absoluto y orgulloso sentido común, con lo que no dudamos en dejar nuestro sello consistente en arruinar aún más un plan mal hecho. Lo que ocurre, lo que tenemos y lo que defendemos, es un inmenso disparate que además no queremos perder porque también es nuestra herencia y el esfuerzo de nuestros ancestros amados durante siglos. Un tributo al gigantesco esfuerzo de la humanidad.

Además, lo más patético e hilarante es que en nuestros esfuerzos por compatibilizar lo que estaba en nuestra imaginación con lo que vemos aplicamos parches caricaturescamente y no sólo eso, sino que a veces muchos de nosotros creemos que aspiramos a lo mismo que el vecino y que al aplicar nuestra contribución vamos a recibir un tácito agradecimiento por hacer posible el sueño compartido. Qué solidarios, hacemos algo también por él.

Qué absurdos somos. Qué absurdas son las obras del hombre cuando no asume que está solo, y que lo que resulta de sus mejores esfuerzos por medrar es análogo a un basural, una acumulación de desperdicios, de objetos malogrados, estropeados, contrahechos.

El hombre siempre está solo, obra solo, y únicamente la generosidad, nuestro amor por el otro o simplemente la indolencia permite que nuestras obras perduren y que pasen a formar parte de este gran circo.

Esto es sólo parte de la civilización. Nuestra valoración de lo que tenemos, de lo que construimos para autoexiliarnos de la naturaleza (porque la naturaleza no creía que fuéramos tan geniales) no sólo se sustenta en gigantescos mamotretos espantosos y malolientes llamados ciudades sino que además se apoya en un conjunto de normas y creencias: la gentileza, los buenos modales, los permisos, las normas sociales, los derechos en términos absolutos (a mí qué me importa mi derecho a comprarme un paracaídas, por ejemplo) para que tenga validez general y cualquiera pueda invocarlo.

Juro que yo me había despertado bien. Mansa, feliz, gocé de un despertar placentero. Sistemática y sumisa, burguesa y tecnócrata en mi mañana ordenada y consecuente. Mediante un sesudo diálogo tranquilo con el despertador.

Sí, me había despertado temprano y descansada. Me levanté, leí algo, me bañé y me dispuse a salir con muchísimo tiempo, un verdadero placer. Pero no pude encontrar la llave. Quince minutos más tarde de recrear mis movimientos de la noche anterior y esa mañana, recurrí al plan B, usar otros juegos de llaves para las tres puertas que separan mi bunker de la calle.

Igual tenía tiempo (¡qué disparate! "tener tiempo"), pero me impacienté porque cuando estoy por bajar la rampa del garage, la puerta estaba cerrada. Luces, primero, bocinazos luego, una, dos, tres veces. Luego mi llamado en alta voz para que abrieran y finalmente un galope hasta la oficina del playero distante varias decenas de metros y escaleras. 

Luego el enojo conmigo misma porque, ¿a qué debía tanto apuro, al sólo hecho de haber salido temprano y que no se fuera a notar?

Decidí viajar en silencio. Sin la radio. Sin música. Para evitar males mayores.

Minutos más tarde transitaba las avenidas de Buenos Aires, y cuando esperaba un semáforo en rojo mientras seguía esperando que nadie cruzara, imaginaba la ciudad desvastada y pensando qué inútiles obras eran las nuestras. El bar de esa esquina, tan importante para su propietario, un edificio sin belleza, un hombre con ilusiones como todos, y su familia, orgullosa seguramente de un bien tan preciado. Un montoncito de ladrillos y un pedacito minúsculo de tierra. Y se adueñó de mí la imagen de toda la ciudad enfrente de mí convertida en una gran pampa. El color de la tierra y el pedregullo. Y una sensación de alivio, de liberación. Esto me pasa siempre, casi todos los días, cuando voy a trabajar sin haber encendido la radio si es que algún semáforo en rojo me pone en situación de pensar.


Algo más de media hora más tarde estaba llegando a mi trabajo. Peaje. Para variar mi cola se había estancado y las otras no. Y el camión de adelante, aburrido, distraído comenzó a irse para atrás. Bocinazo angustiado de mi 206. Tras pagar religiosamente mi derecho al infierno, pocos metros más adelantes la cola para bajar en Henry Ford era de por lo menos 500 metros. Una cola doble, y más cerca triple.  Pude observar una cola idéntica de larga e inmóvil por colectora.

Decidí seguir para bajar más adelante y retroceder. La colectora de contramano también estaba saturada. Bajé por el Centro Industrial (colita) y la otra bajada en la mano contraria tenía por lo menos 300 metros de cola para bajar y otros tantos en colectora. Más impaciencia, colas triples y peleas por meter la trompa 10 centímetros y prepotear por el privilegio de ser primeros, y mi tiempo vale más, enojos porque el de adelante no sabe poner la patita en el freno y se le viene el camión o el auto para atrás.

Estancamiento. Resignación, relajación, y la impaciencia otra vez. Y más violencia. Miraba el puente y lo imaginaba volando en pedazos. Me sentía atrapada en una mazmorra y sentía que nunca iba a poder llegar. Pensé en todas las inútiles revoluciones del hombre, que nos condujeron a esto. Vi las obras del hombre y me parecieron sucias y feas.

Me metí sobre la veredita de la bajada, me filtré entre gigantescos camiones "tanta fuerza, tanta fuerza", me metí de contramano varias veces, irritable, furiosa, con aceleradas y volantazos neurasténicos hasta que entré al estacionamiento de empleados. Imaginaba a los de atrás pensado "está desquiciada". Sí, estaba desquiciada, yo lo sabía y todo empezó porque no encontré la llave. O tal vez antes.

Una hora desde el peaje hasta el estacionamiento, y antes, 45 minutos desde la puerta de casa hasta el peaje. Y antes 15 minutos buscando la llave. Montones de puertas, peajes, salidas (¿salidas?), puentes, más puertas, molinetes, estrechos, más puertas, identificación. Martín Pescador, ¿me dejarás pasar? Demasiado para mi cabeza.

Dos horas, dos preciosas horas de una mañana luminosa en medio de la violencia interna.

Buenos días. 
 

DELIMITACIÓN DE RESPONSABILIDAD: Todas las afirmaciones de este blog son libres interpretaciones mías, sujetas a posibles, abruptos y arbitrarios cambios de opinión sin aviso previo.

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