viernes, 6 de julio de 2012

¿Anarquista? ¿Hasta dónde y desde cuándo?

Algunos días me siento anarquista, y otros dudo. Me refiero a que hay días en que me parece que está todo muy mal, que el sistema es una gran conspiración contra la libertad, una conspiración más circunstancial que planeada, un sinsentido, que hay que destruirlo y ver qué pasa, que el dinero y el precio, son maldiciones humanas, que el mercado es una trampa, que la ley es una camisa de fuerza y que somos peones de una partida de ajedrez, manipulados en nuestras convicciones, jugando para las blancas o las negras sin tener idea. O peor, fichas de la gran tragamonedas global.


Y otros días pienso que soy una idiota, que no puede ser, que es una pesadilla, que es mejor que quede todo así porque estoy exagerando, que hay algo muy malo conmigo y que tengo que dejar mis lecturas o escrituras de lado porque me hacen mal, que no puedo creer en todo lo que me dicen. Esos días envidio a la gente con convicciones por muy equivocadas que puedan ser.


Pero luego de unos días me da como una abstinencia o me tropiezo con algo y recomienzo.


Sobre todo una vez por semana cuando paso por la autopista por sobre la Villa 31 camino a Avellaneda desde zona Norte y me estalla el cerebro. Escribí algo alguna vez sobre ese tránsito, el día que murió Mónica Carranza, cuando lo encuentre lo posteo. Pero me doy cuenta de que tengo que escribir otra cosa. 


Sé que es una gran contradicción trabajar para dos gigantes semejantes pero la verdad es que el miedo me supera. Y es mi gran limitación. Los gigantes te generan una ilusión de protección, que es completamente irreal –y lo sé- pero es una extorsión mutua, porque si no te la creés, llegado el caso también podés sacar ventaja: son como una empresa de seguros. Sé que suena a cinismo pero no, es miedo. Sobre todo porque sé que es un "por si acaso" que es muy probable que sea un "jamás". Y es el desprecio que me genera aceptar esta doble situación extorsiva.


¿Cuándo comenzó?


Creo que cuando era chica y mis padres se independizaron, pusieron un taller, luego una fábrica, y yo estaba metida adentro y veía qué era ser un operario, qué era ser un patrón, qué era convertirse de uno en otro, cuáles eran los enfrentamientos, cómo apenas uno levantaba la cabeza trataba de aplastar al compañero (¿y por qué, si era gente buena?), la lógica que había detrás, de ambos lados, para luego experimentar la declinación y haber visto generarse las causas. Encuentro cosas que escribí de chica que me sorprenden o recuerdo cosas que la gente me decía cuando me criticaba o fantasías que tenía que me revelan que esto no es de ahora y que traté de aplastarlo.


Luego conflicto con el tema de la educación, mi verdadera vocación, con mi responsabilidad al reproducir todo este estado de cosas que sospechaba que hacía agua.


Trabajé en algunos lados hasta que, sin trabajo, y con 35, alerta amarilla, edad límite para el sistema, un amigo me presentó en la multi para la que trabajo. Al poco tiempo me superó la cultura corporativa. Pero también la facultad y el papel de idiota útil que hacía en el consejo asesor. Pero trabajar para una multi y el estado no fue nada.


Se puso de moda ponerse en la vidriera para que el sistema te descubra o se apiade, te elija como un cachorro en una veterinaria y te termine, si da, haciendo participar de un concurso del buen perro, adiestrado y coqueto, mejor amigo del hombre. Sos Bolt. Un fiasco pero querible. Por eso y por algunas otras cosas más tengo hecho un MBA (sin el papelito). Especialización FINANZAS (para colmo de males).


Ya venía juntando sarcasmo con la timba de las carteras de inversión, el análisis técnico, los fundamentals, la valuación de empresas, los intangibles y todos esos inventos del áureo mundo de las ideas. Y eso que la UBA tenía la facu más zurdita de toda la oferta en MBAs.


Y se me exacerbó todo, cuando en una materia "instrumentos financieros" un tipo con chalequito y pantalón rayado de cintura alta, reconoció algo para mí terrible, después de exhibir a una chica exitosamente yuppie, escotada y muy brédice mostrarnos un maravilloso power point que ataba prolijamente por todos lados.


(A los burgueses tecnócratas, nos encantan los power points técnicos porque nos sentimos los "elegidos", casi iluminatti. Y esto sí es 100% cinismo).


Mientras mis compañeros se babeaban y yo era inmune pude escuchar lo que realmente estaba diciendo y que nadie escuchó: reconocía haber desangrado a unas cooperativas con fideicomisos de administración aunque, el de la miel, había sido su peor negocio porque "no conocían el negocio de la miel y no se la pudieron vender a nadie".


Eso fue el acabóse. Mi cerebro hizo un cortocircuito, recuerdo que algo dije y  en el cierre de la presentación  (la clase) el tipo terminó reconociendo lisa y llanamente, sin eufemismos, que su empresa las desangraba pero se disculpaba luego porque "en general terminaban bien, las federaciones salían del pozo y obtenían su financiamiento". No podía creer lo que escuchaba. (Ya estoy envenenada otra vez). Recuerdo ese día como un punto de inflexión.


Todo por dentro, porque la gente me ve muy formal y muy correcta. Y debo serlo seguramente.


Provengo de una familia pobre y miedosa, que hizo siempre todo bien, trabajadora, sumisa, y cuya principal herencia fue el miedo. Hoy soy clase media y estoy rodeada de clase media alta a cuya forma de vida y moral nunca me pude adaptar. Muchos de los que me rodean tiene mentalidad de caceloreros por un lado, seudozurdos teóricos por el otro a los que no se les puede pedir ningún desprendimiento porque son vagos unos, corruptos otros y más vale me gasto la plata total esto no tiene arreglo. Y no estoy muy segura si estoy totalmente afuera. 




Buenos días.




DELIMITACIÓN DE RESPONSABILIDAD: Todas las afirmaciones de este blog son libres interpretaciones mías, sujetas a posibles, abruptos y arbitrarios cambios de opinión sin aviso previo.

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