martes, 12 de julio de 2011

Me viene bien, te viene bien (II)

Ya en "Me viene bien, te viene bien" al final, anticipaba una anécdota que tiene que ver con las veces en que fui parte de algo distinto de lo que yo tenía en mente. Iba por una cosa pero hacía número para otra.

Ha habido otros casos. De chica más que de grande, pero aún sigo siendo numeraria de causas ajenas, por más cuidados que interponga.

Ir por motivos propios sin saber qué ocurre detrás nos convierte en manada. Los pastores saben poco o mucho de los verdaderos objetivos e imaginan más o menos las posibles derivaciones que pueda tener (a veces sorprendentes para los mismos planificadores).

En realidad, esto de ser manada, es en algún momento. En algún momento tenemos que acordar con las ideas o los planes de otros y ser o bien manada o bien pastor. Sino no seríamos seres sociales. El Hombre llega a ser quién es gracias al intercambio social.

Pero no me gusta ser manada de una causa muy distinta a la que traía en mente. No me gusta enterarme de algunas cosas importantes después o de no haber visto algún cuestión antes de concurrir. Y es inevitable. Cuando uno se prepara (que no es el caso del que le viene bien subirse a una marcha porque sentía la necesidad de protestar y cualquier marcha puede ser útil), se fija quiénes convocan, tratan de saber con certeza por qué se convoca y qué se epera lograr, es muy feo luego enterarse que uno hizo de idiota útil. No haberse equivocado. Eso no es grave para mí.
El tema es, ¿cómo confiar? Cómo confiar en quienes convocan.

De las personas que nos rodean, sin duda, más de uno ha urdido alguna vez alguna trama para lograr algo, sin manifestar toda la verdad o sus verdaderos motivos. Nosotros mismos tal vez lo hemos hecho. Y capaz que luego de mucho pensar nos dimos cuenta de nuestro propio ardid, cuando la cabeza te pone trampas.

Si esto pasa en nuestro entorno en donde priman los afectos y la confianza, ¿qué no podríamos esperar de un extraño? Alguien que no ha compartido ni ha vivido mano a mano con nosotros.
¿Y qué no esperar de una persona extraña con aspiraciones de poder?

¿Y qué no esperar de una persona extraña con aspiraciones de poder y aptitudes de liderago, una persona que naturalmente es seguida por otros?

Los políticos son eso. Los periodistas son eso también en algunos casos, o son parte del aparato de uno o más poderosos, en otros. Pocos resultan a la postre verdaderos quijotes.

Y nosotros somos manada. Somos manada aunque no querramos, si desconfiáramos siempre seríamos poco menos que psicóticos. No se puede estar en guardia permanentemente.
Entonces miramos qué nos viene bien. La realidad es que vivimos nuestra vida, no la de otros. Y más allá de que haya quien egoístamente sólo mira su bienestar, en general, tenemos más presente (porque nos toca diariamente y nos afecta más o menos) lo que nos pasa a nosotros y a quienes nos rodean.

Y habrá quien hable de estas cosas como algo cercano y naturalmente nos acercaremos a esa persona. Y habrá quien hable de las mismas cosas y no nos resulte tan creíble, quién sabe por qué. Indicios que no logramos determinar.

Y en base a eso y a algún otro indicio de la realidad o imaginado, depositamos nuestra confianza en uno u otro. Simplemente todos dan alguna explicación y elegimos creerles o no. Creemos o desconfiamos de sus justificaciones, en forma totalmente arbitraria. Es así: elegimos creerles.

Por ejemplo, kirchnerismo versus macrismo.

La verdad yo conozco ultrakirchneristas, (en realidad, ultracristinistas) y ultramacristas. Todos buenas personas. Todos honestos, todos con las mejores intenciones, todos trabajadores y solidarios. Pero cada uno viendo la solución desde un lugar distinto. Y todos ellos creyendo en las figuras que encarnan su ideario. Creyéndoles de verdad, desde sus corazones.

Cuando escucho las acusaciones de los cristinistas hacia los votantes de Macri, con su vehemencia y su pasión, no puedo confrontarlos. Porque sé de qué trata el fanatismo.

El problema es con el fanatismo, de cualquier tipo. No aceptar que la realidad del otro es distinta. No aceptar que el otro puede estar siendo honesto aún desde otra perspectiva. No concebir que el otro puede estar viviendo otra realidad con otras necesidades. No entender que los derechos de unos no son más importantes que los derechos de otros.

¿Qué mejor que dialogar para ver qué puede resignar cada uno para el beneficio de todos? Y priorizar las necesidades.

Siempre escucho que Buenos Aires no es el país.

Es verdad, la realidad de Buenos Aires no es la realidad del resto del país.

Tampoco la realidad de Jujuy y la gente que perdió todo lo que tenía con el alud de barro y piedras hace poco más de un año (si mal no recuerdo). Tampoco la realidad de la gente del Litoral cuando cada tanto se inunda, ni tampoco es la realidad del país lo que hoy en día vive Villa La Angostura, ni tampoco la sequía que afectó a la Provincia de Buenos Aires, o los incendios que hubo en el noreste hace uno o dos años atrás.

Para eso pagamos impuestos, para que vía la coparticipación, los recursos lleguen a los gobiernos que más cerca estén de esas realidades. Yo no puedo determinar cuál es la mejor manera de resolver los problemas de los pueblos originarios, de los parques nacionales, de las zonas inundables, de las zonas con sequía y los incendios o la mortandad de animales resultante. Yo no conozco esa realidad pero sé que es importante y que en su oportunidad ha sido urgente. Son esos ciudadanos los que deben elegir a los que mejor administren esos recursos según las necesidades de cada lugar.

La realidad de Buenos Aires debe ser atendida por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Hay que dejar que su pueblo se exprese sobre quién considera que las atiende mejor. Nos guste o no. Eso no quiere decir que la mayoría no se equivoque. Tal vez se equivoca. Para mí, Menem fue un error de mayorías. Por suerte no fui parte de ese error, pero sí lo he sido de otros.

A mí hace mucho que no me gusta nadie. Hace mucho que votar para mí es una verdadera encrucijada.

De la ciudad de Buenos Aires, me enoja que no se dé solución al problema de los hospitales públicos sea que falten recursos o controles. Me enoja que siga habiendo lugares mal habilitados y que no se saneen esos circuitos. Me enoja que aún tengamos una ciudad tan poco accesible a personas con problemas de movilidad, audición o vista. Me enoja que no tengamos una estrategia seria sobre el problema de la salud mental. Me enoja que no podamos hacer respetar la ley y que, desde el más rico hasta el más pobre, se crea con derecho de decidir cuándo debe cumplirla. Me enoja que aún no estén todos los colectivos con tarjeta.

Del país, me enoja que aún haya gente sin gas natural, sin agua potable, sin acceso a la salud o la educación en forma razonable, sin esfuerzos ciclópeos. Me enoja que sean las ONG las que sigan resolviendo las necesidades más urgentes.

De la política, me enoja cuando escucho las alianzas imposibles que han estado ensayando, no por el bien del país sino para derrotar al cristinismo. Me enojo cuando desacredita a Cristina por su soberbia o por sus carteras Louis Vuitton. Me enojo cuando escucho a Cristina o a Aníbal Fernández decir una seguidilla de chicanas y sarcasmos dirigidos al grupo Clarín, a Macri o acusar a Pino Solanas y a cuantos se opongan a sus planes. Me enojo cuando escucho a los chicos de la secundaria tomando escuelas y sin saber bien por qué, o bien declarando de que son paros políticos o bien manifestándose frente al ministerio equivocado o cuando ignoran que el Normal X no depende del mismo organismo que el Carlos Pellegrini o el Nacional Buenos Aires. Me enojo cuando Cristina no le da el aval a Macri para obtener los créditos necesarios para el subte. Me enojo cuando Macri trata de obstaculizar emprendimientos impulsados por el gobierno nacional que beneficien a todos. Me enojo cuando los punteros políticos toman plazas, terrenos e impulsan quemar el pavimento (cuyos baches sufriremos todos y que resultará en la utilización de nuevos recursos que serían más útiles en otro destino), o incentivan juicios para parar obras que necesitamos todos. Me enojo cuando veo a Alfonsín coqueteando con la izquierda primero y la derecha después, con tal de arrimarse a alguien. Me enojo cuando Binner se niega a atender a un líder de otro partido. Me enojo cuando los candidatos no tienen dignidad y los tienen guardados en una caja y los sacan cuando la causa está perdida, como en el caso de Filmus. Me enojo cuando se habla de denuncias y nunca de ideas acerca de cómo se resolverán los problemas, como hacen varios candidatos. Me enojo cuando desde el poder se estimula la división de la sociedad y se vuelven a enfrentar otra vez: capital versus interior, ricos versus pobres, clase media versus villeros, punteros versus autoridades, y así hasta el infinito. Me enojo cuando se dicen mentiras impunemente acerca los verdaderos motivos de un corte. Me enojo cuando mes a mes el IPC no supera los 0.8. Me enojo cuando los señores de los escritorios (de todos los signos políticos) hablan en nombre de los más necesitados, como si alguna vez hubieran sabido qué es pasar un mes buscando una moneda para viajar o cómo servir una cena digna todas las noches. Me enojo cuando nacionalizan la realidad de Buenos Aires, porque no es el vecino de Buenos Aires (de Villa Lugano y de Recoleta) el que la nacionaliza, sino el que la sufre. Me enoja que un militante del más acérrimo liberalismo económico sea candidato a vicepresidente por un gobierno "progresista". Me enoja que los partidos de izquierda digan disparates como propuestas, total, no van a conseguir los votos que los hagan hacerse cargo de lo que dicen.

Me enojo cuando escucho intereses tan parciales y la gente deja de darse cuenta de que nuestros "pastores" se están olvidando de nosotros para pelearse entre ellos y para ello, nos usan a nosotros, sus manadas...

... olvidándose que de nuestras necesidades consiguen el poder que tanto los desvela.


Buenos días.


DELIMITACIÓN DE RESPONSABILIDAD: Todas las afirmaciones de este blog son libres interpretaciones mías, sujetas a posibles, abruptos y arbitrarios cambios de opinión sin aviso previo.


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