jueves, 10 de enero de 2013

Selección al azar.

Durante años me cuestioné el tema del mérito. He escrito algunas cosas sobre el mérito, he creído que uno debía ganarse el lugar que ocupaba en el mundo, que debía merecerlo, medrar para ganarse el derecho.

Sí, yo creí eso, durante años. Y desperdicié gran parte de mi vida pagando en cuotas mi derecho. El azar me dio la oportunidad de ver mi error y continuar con vida para intentar repararlo.

Primero debía no condenar a los otros por no haberse sacrificado como yo, como mis padres y mis abuelos antes que ellos. Dejar la vida para que sus hijos tuvieran que sacrificarse un poquitito menos.

Ahora, cuando lo pienso me brota el llanto. Cómo lamento que no hayan disfrutado sus vidas como debieron. Que hayan tenido que someterse al atropello, al abuso, al desprecio durante tantas décadas para que yo un día empezara a ver qué era eso de la dignidad. Qué era eso de decir "¿y si me muero mañana y yo no viví más que para trabajar para otros?"

Sería imperdonable, pensé. No poder vez más la luz del sol, oir la brisa en las copas, escuchar los pájaros, ver florecer las plantas, presenciar el crujiente otoño, ver crecer a los niños y sus risas, y no haberle dedicado suficiente tiempo.

Ya pasó la época de los tilos y no sé si habrá o no otro florecer de tilos para mí.

¿Cuándo fue la última vez que mi papá se dejó embriagar concientemente por los tilos, antes de morir?

La realidad es que es muy poco lo que podemos hacer para no caer del lado de la mermelada.

El azar nos elije, y no por ser mejores, para tener oportunidades o para "acertar" a aprovecharlas. A veces vemos una oportunidad y somos cuidadosos, nos asesoramos para no perderla y aparece un imprevisto, una influencia desconocida y la oportunidad se diluye, se escurre sin remedio.

El azar ha elegido a algunos perdedores hace siglos, tal vez milenios. A otros los levanta y los arroja sin piedad y caprichosamente a lo largo de su vida.

Algunos jamás llegan a conocer el bienestar.
Sin motivo.

Algunos jamás llegan a conocer la carencia.
Sin mérito.

Sí, a mí me enseñaron a pensarme más, superior a otros, más inteligente, más buena, más honrada, más virtuosa, más criteriosa, más razonable que "la gran mayoría". La masa inculta, oportunista, inmoral, limitada. Me enseñaron a creer que merecía lo mejor por ser brillante, talentosa, amable, ingeniosa.

Y nada de eso es verdad. Ni soy eso, ni, de serlo, me da derecho a negarle derechos a otros.

Siempre sentí que la gente se engañaba o, peor, me extorsionaba, como guiñándome un ojo, diciendo: "mirá que yo sé que sos un fraude, pero ante los demás haré como que te reconozco el mérito: una mano lava a la otra...".

No es una sensación. Fue el azar que dejó a mi paso, como al descuido, un montón de oportunidades, algunas aprovechadas. Fue el azar que trajo a mi abuelo, juntó a mis padres, me amontonó a mis docentes y amigos. De todo eso elegí yo. No elegí de todo el universo, elegí de ese montoncito de pequeñas realidades azarosas.

¿Cómo se explica sino, que mi abanico de opciones no haya sido tomar un cuchillo Tramontina y defenderme de un intento de abuso perpretado por un criminal amparado por el poder?

Buenos días.



DELIMITACIÓN DE RESPONSABILIDAD: Todas las afirmaciones de este blog son libres interpretaciones mías, sujetas a posibles, abruptos y arbitrarios cambios de opinión sin aviso previo.

2 comentarios:

Jora dijo...

Para tener éxito no es todo azar, también se necesita tener pocos escrúpulos...

Pero, cada uno interpreta el éxito de una manera diferente. Para algunos es mantener el prestigio del apellido, para otro el tener un titulo destacado delante del nombre, para muchos una casa con esposa, dos hijos, perro y auto.

Para algunos, el éxito es tan solo sobrevivir la vida sin haber doblegado jamás sus ideales...

Malva Gris dijo...

Es cierto pero es muy difícil desentenderse del concepto publicitario de éxito.

En algún post mencioné el caso de una familia que conocí. Conocí al padre y a sus dos hijos. El padre había cambiado al apellido materno para conservar el linaje del Cid Campeador. Tenían una chapita dorada como un pedigree, que decía de quiénes descendían. Siempre me pareció muy loco, eso de tratar de demostrar algún rastro de gen memorable, después de tantos siglos de mezclas. El éxito para ellos era mantener el reconocimiento de su estirpe.

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