lunes, 22 de abril de 2013

La violencia, la no violencia.

La violencia, la no violencia.

La negación.

Rendirse tal vez.

Todos somos violentos, las personas somos predadores. Controlamos nuestra agresividad y algunos más y otros menos, a veces poblamos nuestras fantasías con distintos tipos de violencia.

Aquella violencia que la religión y la ley nos ha impedido poner en acto, tras alterar nuestro cerebro y tal vez nuestro ADN, nos está permitida liberarla mediante ciertos estados de ánimo y actitudes como disfrutar del castigo "merecido" de alguien que quebranta el mandato que nosotros no nos animamos a quebrantar, pedir el castigo a gritos para aquellos que han infringido las normas que nosotros no, y especular qué situaciones merecen castigo: atentados contra la propiedad, atentados contra la integridad física. Y fundamentalmente filosofar acerca de qué castigos son adecuados y durante cuánto tiempo, ya que no nos resignamos del todo (hipócritamente) a dejar esta cuestión menor en manos de Dios y sus infernales castigos eternos.

Pero pese a que somos violentos, sentimos que vivimos mejor sin la violencia. La violencia explícita, superlativa nos resulta más fácil de manejar, es fácil identificarla: gritos, sangre, maltrato, dolor. Es fácil condenarla. En cambio no sabemos qué hacer con la otra violencia, la solapada, la repetida, la naturalizada. Aquella que somete unos a los otros, las mujeres a los hombres, los civiles a las fuerzas armadas, a un pueblo a las leyes que los oprimen hasta que la presión hace que se recurra a alguna cortina de humo y cuando es insoslayable, a algún cambio cosmético adicional. Esa violencia, que no identificamos como violencia.

O que sí la identificamos pero decidimos ignorar y hacer como que no existe, es la genera la más persistente de las violencias, el más profundo resentimiento, el más secreto deseo de revancha.

Yo fui educada para ser cordero. Me edulcoraron con el cordero de dios, con el pastor y las ovejas, con la dulzura de la mansedumbre, con la humildad del sometimiento y me enseñaron a sentirme buena, tan buena si me dejo abofetear la otra mejilla, esa bondad que esconde una falsa superioridad, esa superioridad de pensar: "mi espíritu está para otra cosa, no para estas pequeñeces". Y no sé cuántas cosas más, en las que obviamente, ya no creo.

Y mi mundo está repleto de gente tan buena, tan tolerante, que amonesta severamente la impertinencia, el hurto, el robo, el vandalismo. "Pero no, sino es el caos. Adónde puede conducir eso."

Entonces, ¿cómo actuar? ¿Cómo contribuir a corregir todo este mundo torcido, construido sobre cimientos movedizos, impropios?

Claro, yo soy una persona mansa, pacifista. Me duele pisar una cucaracha. Ni pensar en maltratar un animal. Puedo sentirme enferma semanas si presencio que alguien maltrata a un niño. Se me incendian los ojos de lágrimas hirvientes como lava cuando me vuelvo a enterar del dolor humano, ancianos abandonados, locos negados, mujeres maltratadas, niños abusados, sin niñez, sin fantasía. Es cosa de todos los días, ya sé, y todos los días transito la bipolaridad de la realidad y de mi campana de cristal de las cosas que están bien en mi vida.

Y entonces la solución sería la acción directa no violenta. ¡Sí, claro! Hay montones de medidas, yo misma las posteé en algún otro post...

Pero la verdad, en el fondo, yo sé que no sirven de nada. Eso que ocasionalmente el destinatario cede, era lo que ya estaba dispuesto a ceder, como premio a los corderos que piden educadamente y en orden, tímidamente, una pequeñez, anecdótica, que la verdad, todos sabemos que no cambia nada.

"Ellos quieren precisamente que caigas en la violencia". Dicen otros. Evitá la violencia, ellos quieren eso para que quedes desacreditadx. La sociedad no quiere la violencia, está cansada de la violencia. No te van acompañar.

¿Valdrá de algo esa compañía de cobardes?

"Los que caen en la violencia son usados para los castigos aleccionadores".

No nos olvidemos que la mitología ha inventado monstruos para ofrecerles víctimas por el bien común.

No es casual.

Cualquier castigo, por cruel que parezca, es merecido, si es a una persona que cayó en la violencia (dicen todos). Pero nadie quiere pensar quíén y por qué le ha otorgado derechos de violencia a aquel que ejerce el castigo. Esa violencia está legitimada. Y lo será hasta que seas la víctima de esa violencia, o esa amenaza de violencia y ahí, recién ahí, tal vez te atrevas a pensar "por qué esa persona tiene derechos sobre mí".

Aquellos que optan por la salida no violenta confían en la protección y el respeto de aquellos que detentan el  monopolio de la fuerza pública. ¿Creen realmente en un implícito pacto de caballeros? ¿O es sólo miedo?

Y esas personas que son parte de las fuerzas de seguridad, ¿qué características tienen de diferentes que nos hace pensar que está bien que ellos sí puedan hacer uso de la violencia? ¿Son... precisamente..."mejores"? ¿Tienen mejor "juicio"? ¿Son más "controlados"? ¿Por qué tengo que confiar que esos que portan armas y escudos, que conducen guerras, que cuidan fronteras, hacen lo justo, lo mejor para todos? ¿No nos consta que no es así acaso? ¿Por qué seguimos engañándonos?

¿El monopolio de la fuerza resuelve algo o es una presunción pueril? ¿Realmente mejora las cosas o es un mero instrumento de control por el miedo?

¿Qué es la violencia? ¿La amenaza del uso de la fuerza legitimada, que nadie va a cuestionar, impunemente, no es violencia?

¿Y qué es la no violencia? ¿No es mera complacencia, cobardía? ¿Miedo a la condena miedosa de la sociedad? ¿Miedo al uso de la fuerza sobre uno?

Buenas noches.








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