martes, 10 de mayo de 2011

El mundo vigente

Ayer alguien me decía que al leer bastante y más aún de géneros distintos, fuentes diversas (y yo agregaria además, líneas de pensamiento que no comparto), el conocimiento adquiere una labilidad que hace que pierda vigencia rápidamente.

Fue a raíz de un personaje, el escritor, a quién califiqué de fracasado pero en realidad imaginaba estúpido y sin remedio. No he sido comprensiva con él. Podría desacreditarlo pero no estaría más que desacreditar alguna parte de mí, que ha oficiado de germen.

Recordé entonces que cuando era adolescente escribía cientos de poemas que me suspendían en el cielo brevemente. En pocos día me avergonzaban y en meses los odiaba.

Cuando juntaba varios, los quemaba sin compasión.

No recuerdo ni una metáfora, ni una imagen que trascendiera en mi memoria. Seguramente eran dolorosos y se solazaban en el dolor como quien se revuelca entre sábanas de seda.

¿Dura?

La misma dureza que hace al personaje del escritor despreciable.

El hecho es que del medio centenar de poemas y la media docena de relatos anteriores al 2000 que evadieron las regulares y sucesivas inquisiciones de las décadas de los '80 y '90, sólo puedo leer con placer la tercera parte.

Cada cosa que ocurre, últimamente, dispara en mi cerebro una historia, una variante de la realidad. Mis cuentos ahora como mis poemas entonces, difícilmente pasen las inquisiciones venideras.

Buenas noches.


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