Hacía mucho que quería contar esto que me había pasado.
Esas cosas que por mi debilidad, un instante mínimo, me hacen dudar.
Tengo una compañera que es militante política partidaria. Milita en un movimiento. Hablábamos (como tantas veces) sobre las cooperativas y la autogestión, ahora tan de moda (y con el riesgo que eso implica).
Ella subestima la capacidad de la gente de autoorganizarse con fines superadores. Y digo superadores en el sentido de superar una meta anterior o inicial, cumplida o en marcha.
Ella sostiene que la gente de los barrios no puede superar el techo del merendero, de la copa de leche.
Por eso es necesaria la participación de los políticos, de los partidos y fundamentalmente la anuencia del poder, la acumulación del poder para apoyar los "buenos fines" y hacerlos posibles. Pero más que nada para proveer de fines y de ideas, de proyectos, porque "no salen de la copa del leche y el merendero... entendeme está muy bien, pero ... a ver...".
Y sí, en apariencia es así.
En apariencia digo, porque no creo que sea así. Creo que tenemos naturalizado el pensar que sin la anuencia, del apoyo del poder, nada se puede hacer.
Pero es cierto que es así en la realidad, pero sólo por el efecto de la profecía autocumplida. La gente hace que esa afirmación se haga verdadera porque no depositan la misma fe en hacer algo al margen de esa premisa.
Por ejemplo, en el documental de El Horno. Es cierto, es un merendero, pero no es sólo un merendero.
Mi compañera vería en el merendero la satisfacción de una necesidad primaria, del pan y la leche para los niños y las niñas del barrio.
Pero El Horno no habla de eso. La necesidad de satisfacer la merienda de los hijos y las hijas del vecindario, crea pilares en donde las mujeres salen de sus casas y contra todo pronóstico se organizan, se forman, crean confianza (con altibajos), establecen lazos, y salen adelante frente incluso a la oposición de sus compañeros y a los intentos de división de los políticos.
Pero en La Carbonilla, por ejemplo, están entubando la principal.
Las metas podrán ser básicas para mi compañera pero lo que se crea a partir de esas metas, la organización, los roles, la tarea, la continuidad, aun siendo un trabajo invisible, un trabajo que sigue mostrando por TV y la radio a esas personas como "vagos", "parásitos" o "agitadores", porque en vez de trabajar para una empresa o el estado, trabajan para su barrio y su gente. Como si no fuera trabajo, como si no ocupara tiempo y requiriera de actividad, esfuerzo, constancia y compromiso.
Y esas metas serán básicas porque sus necesidades básicas "de libro" no están satisfechas. Si lo estuvieran, no sería un merendero ni una guardería, sería tal vez un campo de deportes, o una escuela de oficios o de artes. Y si no hiciera falta eso tampoco porque de alguna forma lo tienen, sería tal vez un centro de investigación social o una universidad. ¿Por qué no?
Claro, quien tiene todas esas necesidades satisfechas, ¿qué interés podría tener en crear un centro de ciencias para un barrio? Si una persona tiene sus necesidades satisfechas es porque está yendo por más, por sí misma, por su carrera, su prestigio, su status. ¿Por qué trabajaría invisiblemente para un barrio? ¿En qué contribuiría a su ascenso, cuando ya las metas no son conjuntas sino individuales? ¿En qué sería apoyada sea persona que persigue aspiraciones tan particulares?
Superado el piso que se considere digno las aspiraciones son individuales. Sin duda que en las palabras ese piso está más arriba pero son palabras, en la realidad, ese piso de necesidades básicas sigue siendo muy básico.
Ahí está la profecía autocumplida.
En ese punto ya no hay que luchar por la dignidad, ya no es un batalla que nos involucra a todos, es un camino individual, es el PROPIO camino, el famoso PROPIO destino. Y ahí muere la autogestión, la autoorganización, la comunidad.
¿Pero quién dice que eso es así?
Un grupo de investigación, ¿acaso no es algo comunitario? Un coro, una compañía de teatro o de circo, una banda musical. ¿Quién dice que superado el piso no hay más motivos para la autogestión?
Pero como creemos eso, creemos que "ahora tenemos que seguir solos" o que "mejor es ahora seguir solos", nos desentendemos de lxs otrxs.
Yo creo que el próximo paso es destruir esa creencia. Primero que sea posible superar ese piso, pero no el real, el de las palabras, el de los discursos de los políticos que luego son negados o superados en las estadísticas. Y superados esos límites, saber que seguir apropiándonos de la vida comunitaria en forma autogestiva no es una aspiración con techo. Siempre habrá ahí una meta que podamos compartir.
Y que no haya políticos, ONG ni poderosas fundaciones detrás.
Buenos días.
DELIMITACIÓN DE RESPONSABILIDAD: Todas las afirmaciones de este blog son libres interpretaciones mías, sujetas a posibles, abruptos y arbitrarios cambios de opinión sin aviso previo.
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miércoles, 3 de septiembre de 2014
Pirandello.
Desde muy chica, desde los 2 ó 3 años, sucesivos psicólogos y psiquiatras explicaron de mí, conductas inexplicables para mis padres, diciendo que yo era hipersensible. Para desarrollarme bien debía estar cuidada de maltratos o de situaciones violentas.
¡Qué error de interpretación!
Desde todos los ángulos.
Todos los niños y las niñas son hipersensibles. Todos los hombres y las mujeres deben desarrollarse cuidados de maltratos y de situaciones violentas. Mi supuesta hipersensibilidad, mi supuesta anomalía de ver el mundo y que el mundo me traspasara, ¿era acaso algo particular o simplemente una incapacidad, al ser tan pequeña, de acorazarme?
Acaso las personas, todas las personas, vos y yo, ¿no somos personas violentas? ¿No nos crece la rabia? ¿No nos desborda la impotencia? La diferencia es esa coraza que algunos construyen y otros no. Esa capacidad de protegerse o esa decisión de exponerse, o, del otro lado, esa incapacidad de cuidarse o ese egoísmo de desentenderse... como quiera plantearse.
Lo que hacemos es evitar dañar físicamente al otro, pero cualquier maltrato que se filtre de esa violencia negada, es inevitable. Todos los hombres y odas las mujeres, en algún momento, no notamos esta violencia que nos crece y nos transforma en victimarios... aún representando a veces el papel de víctimas.
Deberíamos asumir que es así y tratar de hacer lo mejor posible con nuestras relaciones, tratar de reparar los daños, aún los que nos parecen leves. Los hechos se desencadenan y a nuestro pesar mucho más que a nuestro antojo.
Así que esa explicación y ese consejo, ambos eran irracionales e inaplicables. Igual estuve expuesta a la violencia, como vos y como todos los otros que jamás leerán estas líneas.
Yo me refugié en la fantasía, mi coraza fue mi cabeza armando un escudo para mi corazón. La pintura, la naturaleza, la literatura, la música, llevaba mi corazón a emociones controladas.
Pero a esta edad es imposible no reconocerlo, no darme cuenta que la ficción, la poesía, la música, la pintura son formas de acorralar las emociones de modo de que no se desboquen, por más intensas que parezcan, por muy desatadas que se nos muestren.
La realidad sí desboca.
Todos los días el corazón se me desgrana y es que hoy me refugio menos en la literatura. Por algún lado se me fue filtrando la realidad, tal vez por la hilacha de la mentira, que de tanta literatura y tanta música podía identificar fácilmente por parecérsele tanto.
Yo sospecho que lo único verdadero de las múltiples realidades es lo que la gente no explica, lo que no justifica, lo que se abre camino y ata las vidas, como el azar o la empatía.
La gran mentira a que nos someten los políticos y los periodistas es esa conspiración de imponernos explicaciones desde su mundo de conveniencias y no-alternativas, desde sus únicas-formas-de-hacer-algo.
Yo conozco muy poco de Pirandello. Pero la presentación fue intensa y clarificadora. Un artista desde luego, poniéndome en contacto, profilácticamente, con la realidad.
La obra que vi en su momento y que fue una de las que me marcó para toda la vida fue "Es así, si a usted le parece" de Pirandello. Nunca pude dejar de referenciar muchas situaciones de la realidad a esa obra. Una obra, en apariencia naïf.
Me habían recomendado leer, casi desde entonces, desde la primera vez que la cité como explicación de la relidad, leer "Seis personajes en busca de autor". Me perdí su representación varias veces por esta vorágine de locura en que vivimos casi todos.
Pero hace algo más de un par de semanas, fuimos caminando a Parque Centenario, para aprovechar el día templado y en una librería estaba "Seis personajes en busca de autor". Era la oportunidad, porque después me atrapa la locura y ya no recuerdo de ir tras su busca, sea una librería o internet. Una edición económica que finalmente me traje conmigo como una criatura con juguete nuevo.
Pasaron unas dos semanas y sobrepasada de tareas decidí dejar todo de lado y hojear la obra. Pero empecé a leerla. Es imposible no encontrar párrafos, para mí, de esos que te apuñalan o el corazón o el cerebro.
Y luego fui mechando páginas en instantes robados a las tareas.
Y terminé esta mañana de leer "Seis personajes en busca de autor".
Y era inevitable que el desenlace no me fijara con puñales a la realidad, esa pizarra sin emociones que sólo expone los dramas de los días y de las personas.
Como siempre, apenas me conmueve algo y sin tiempo de ponerlo en palabras en mi cabeza, o sea, mientras no sea capaz de pensarlo, mi cabeza me da vueltas.
Los personajes tienen un destino y no pueden dejar de vivirlo. Todos los días su drama o su comedia, es presente.
¿Y acaso eso no es lo que nos pasa, desde los más afortunados (entre los que me incluyo) y los más desdichados que jamás terminan de levantar cabeza? Nos vamos desarrollando desparejos y cada desenlace nos fija en una escena, que es eterna. Somos un montón de posibilidades infinitas destinados a representar las mismas salidas una y otra vez, no por designio de alguna deidad, sino por esta limitación que nos impone nuestra humanidad.
Nuestra vida, es una cadena de desenlaces inevitables. Inevitables porque ya han sucedido y así se ha construido la Historia. Y estamos construyendo inevitablemente y sin conciencia, nuevos desenlaces, todo el tiempo, sin sospecharlo siquiera de la naturaleza, la importancia y el momento en que se producirán los sucesivos desenlances de nuestro destino.
Y digo sin conciencia porque por muchas intenciones que pongamos, la realidad es inmanejable.
La sociedad es el ámbito en donde ocurre la vida, aún aislados, aún en un cuarto lejos de la calle y de la gente, es en relación con el mundo en que lo pensamos. Estamos solos, o estamos alejados, o estamos encerrados o refugiados, o por el contrario, estamos con gente, en la calle, en la oficina, en el mercado, el colectivo o el banco. Pero nuestra vida está concebida en función de la existencia de otros que nos imponen sus realidades.
La realidad no es sólo mía, tampoco es toda del otro, es lo que podemos, malamente "garronear" de ese espacio, de esa sociedad, de ese entramado de lazos, barreras, puertas y pasillos invisibles, que encontramos tanteando.
Tenemos internalizada una representación de la realidad y creemos que esa es la realidad. Hay un objeto allí, fluido o gaseoso, lábil, que es la sociedad. Se nos desdibuja o se nos presenta, tal vez como una nube, pero es parte de una representación. Son tantas las tramas que no conocemos y que jamás podremos conocer, las tramas negadas y las que se esconden adrede.
Cuando era chica me sorprendía cuán determinantes se escuchaban quienes sentenciaban desde una supuesta autoridad moral, que esto era así o asá. Me intimidaban porque en mi interior no había tal firmeza. En un punto me sentía un poco culpable de no tener esas certezas, de permitirme dudar. Me hacían sentir que dudaba por debilidad, e incluso por debilidad moral.
Más de 40 años me llevó desarrollar la dureza interior de concebir como una forma de la necedad, esa asertividad de algunos "profetas", fundamentada en una representación petrificada de la realidad con base en arenas movedizas. Digo profetas porque saben siempre qué va a pasar, aunque no ocurra y olvidan rápidamente sus profecías fallidas.
Cuando era chica, los moralistas me intimidaban, porque me hacían sentir que algo pervertido había en mí, si me permitía dudar de las malas intenciones de los despreciables, débiles y viciosos por ejemplo. No había conocido mucha gente mala. Sabía, por referencias de los moralistas, que existían, pero era una caterva con la que no tenía contacto.
Qué diferente resultó el mundo. Tal vez mi incapacidad de desarrollar una moral tan estricta, o de una autoestima que me hiciera creer una autoridad moral me fue poniendo en una actitud crítica hacia ellos.
La verdad es que sí soy juez también. Aunque no quiera. No les creo, me parece lo menos real y lo menos auténtico de la sociedad. Esos personajes que se creen más, que se creen que pueden categorizar a las personas, y otorgarles méritos para legitimar sus logros, único parámetro de la justicia y la equidad.
Sí, me pongo en juez. Me duelen esos personajes.
Condenados también a creer en su rol (todavía les otorgo el beneficio de la buena fe) y a ejecutar sus juicios (también su juicios) de meterse y dictaminar sobre los motivos y los actos de los otros.
Pero sí, yo también soy juez. Y mal que mal también me duele.
Buenos días.
DELIMITACIÓN DE RESPONSABILIDAD: Todas las afirmaciones de este blog son libres interpretaciones mías, sujetas a posibles, abruptos y arbitrarios cambios de opinión sin aviso previo. Twittear
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¡Qué error de interpretación!
Desde todos los ángulos.
Todos los niños y las niñas son hipersensibles. Todos los hombres y las mujeres deben desarrollarse cuidados de maltratos y de situaciones violentas. Mi supuesta hipersensibilidad, mi supuesta anomalía de ver el mundo y que el mundo me traspasara, ¿era acaso algo particular o simplemente una incapacidad, al ser tan pequeña, de acorazarme?
Acaso las personas, todas las personas, vos y yo, ¿no somos personas violentas? ¿No nos crece la rabia? ¿No nos desborda la impotencia? La diferencia es esa coraza que algunos construyen y otros no. Esa capacidad de protegerse o esa decisión de exponerse, o, del otro lado, esa incapacidad de cuidarse o ese egoísmo de desentenderse... como quiera plantearse.
Lo que hacemos es evitar dañar físicamente al otro, pero cualquier maltrato que se filtre de esa violencia negada, es inevitable. Todos los hombres y odas las mujeres, en algún momento, no notamos esta violencia que nos crece y nos transforma en victimarios... aún representando a veces el papel de víctimas.
Deberíamos asumir que es así y tratar de hacer lo mejor posible con nuestras relaciones, tratar de reparar los daños, aún los que nos parecen leves. Los hechos se desencadenan y a nuestro pesar mucho más que a nuestro antojo.
Así que esa explicación y ese consejo, ambos eran irracionales e inaplicables. Igual estuve expuesta a la violencia, como vos y como todos los otros que jamás leerán estas líneas.
Yo me refugié en la fantasía, mi coraza fue mi cabeza armando un escudo para mi corazón. La pintura, la naturaleza, la literatura, la música, llevaba mi corazón a emociones controladas.
Pero a esta edad es imposible no reconocerlo, no darme cuenta que la ficción, la poesía, la música, la pintura son formas de acorralar las emociones de modo de que no se desboquen, por más intensas que parezcan, por muy desatadas que se nos muestren.
La realidad sí desboca.
Todos los días el corazón se me desgrana y es que hoy me refugio menos en la literatura. Por algún lado se me fue filtrando la realidad, tal vez por la hilacha de la mentira, que de tanta literatura y tanta música podía identificar fácilmente por parecérsele tanto.
Yo sospecho que lo único verdadero de las múltiples realidades es lo que la gente no explica, lo que no justifica, lo que se abre camino y ata las vidas, como el azar o la empatía.
La gran mentira a que nos someten los políticos y los periodistas es esa conspiración de imponernos explicaciones desde su mundo de conveniencias y no-alternativas, desde sus únicas-formas-de-hacer-algo.
Yo conozco muy poco de Pirandello. Pero la presentación fue intensa y clarificadora. Un artista desde luego, poniéndome en contacto, profilácticamente, con la realidad.
La obra que vi en su momento y que fue una de las que me marcó para toda la vida fue "Es así, si a usted le parece" de Pirandello. Nunca pude dejar de referenciar muchas situaciones de la realidad a esa obra. Una obra, en apariencia naïf.
Me habían recomendado leer, casi desde entonces, desde la primera vez que la cité como explicación de la relidad, leer "Seis personajes en busca de autor". Me perdí su representación varias veces por esta vorágine de locura en que vivimos casi todos.
Pero hace algo más de un par de semanas, fuimos caminando a Parque Centenario, para aprovechar el día templado y en una librería estaba "Seis personajes en busca de autor". Era la oportunidad, porque después me atrapa la locura y ya no recuerdo de ir tras su busca, sea una librería o internet. Una edición económica que finalmente me traje conmigo como una criatura con juguete nuevo.
Pasaron unas dos semanas y sobrepasada de tareas decidí dejar todo de lado y hojear la obra. Pero empecé a leerla. Es imposible no encontrar párrafos, para mí, de esos que te apuñalan o el corazón o el cerebro.
Y luego fui mechando páginas en instantes robados a las tareas.
Y terminé esta mañana de leer "Seis personajes en busca de autor".
Y era inevitable que el desenlace no me fijara con puñales a la realidad, esa pizarra sin emociones que sólo expone los dramas de los días y de las personas.
Como siempre, apenas me conmueve algo y sin tiempo de ponerlo en palabras en mi cabeza, o sea, mientras no sea capaz de pensarlo, mi cabeza me da vueltas.
Los personajes tienen un destino y no pueden dejar de vivirlo. Todos los días su drama o su comedia, es presente.
¿Y acaso eso no es lo que nos pasa, desde los más afortunados (entre los que me incluyo) y los más desdichados que jamás terminan de levantar cabeza? Nos vamos desarrollando desparejos y cada desenlace nos fija en una escena, que es eterna. Somos un montón de posibilidades infinitas destinados a representar las mismas salidas una y otra vez, no por designio de alguna deidad, sino por esta limitación que nos impone nuestra humanidad.
Nuestra vida, es una cadena de desenlaces inevitables. Inevitables porque ya han sucedido y así se ha construido la Historia. Y estamos construyendo inevitablemente y sin conciencia, nuevos desenlaces, todo el tiempo, sin sospecharlo siquiera de la naturaleza, la importancia y el momento en que se producirán los sucesivos desenlances de nuestro destino.
Y digo sin conciencia porque por muchas intenciones que pongamos, la realidad es inmanejable.
La sociedad es el ámbito en donde ocurre la vida, aún aislados, aún en un cuarto lejos de la calle y de la gente, es en relación con el mundo en que lo pensamos. Estamos solos, o estamos alejados, o estamos encerrados o refugiados, o por el contrario, estamos con gente, en la calle, en la oficina, en el mercado, el colectivo o el banco. Pero nuestra vida está concebida en función de la existencia de otros que nos imponen sus realidades.
La realidad no es sólo mía, tampoco es toda del otro, es lo que podemos, malamente "garronear" de ese espacio, de esa sociedad, de ese entramado de lazos, barreras, puertas y pasillos invisibles, que encontramos tanteando.
Tenemos internalizada una representación de la realidad y creemos que esa es la realidad. Hay un objeto allí, fluido o gaseoso, lábil, que es la sociedad. Se nos desdibuja o se nos presenta, tal vez como una nube, pero es parte de una representación. Son tantas las tramas que no conocemos y que jamás podremos conocer, las tramas negadas y las que se esconden adrede.
Cuando era chica me sorprendía cuán determinantes se escuchaban quienes sentenciaban desde una supuesta autoridad moral, que esto era así o asá. Me intimidaban porque en mi interior no había tal firmeza. En un punto me sentía un poco culpable de no tener esas certezas, de permitirme dudar. Me hacían sentir que dudaba por debilidad, e incluso por debilidad moral.
Más de 40 años me llevó desarrollar la dureza interior de concebir como una forma de la necedad, esa asertividad de algunos "profetas", fundamentada en una representación petrificada de la realidad con base en arenas movedizas. Digo profetas porque saben siempre qué va a pasar, aunque no ocurra y olvidan rápidamente sus profecías fallidas.
Cuando era chica, los moralistas me intimidaban, porque me hacían sentir que algo pervertido había en mí, si me permitía dudar de las malas intenciones de los despreciables, débiles y viciosos por ejemplo. No había conocido mucha gente mala. Sabía, por referencias de los moralistas, que existían, pero era una caterva con la que no tenía contacto.
Qué diferente resultó el mundo. Tal vez mi incapacidad de desarrollar una moral tan estricta, o de una autoestima que me hiciera creer una autoridad moral me fue poniendo en una actitud crítica hacia ellos.
La verdad es que sí soy juez también. Aunque no quiera. No les creo, me parece lo menos real y lo menos auténtico de la sociedad. Esos personajes que se creen más, que se creen que pueden categorizar a las personas, y otorgarles méritos para legitimar sus logros, único parámetro de la justicia y la equidad.
Sí, me pongo en juez. Me duelen esos personajes.
Condenados también a creer en su rol (todavía les otorgo el beneficio de la buena fe) y a ejecutar sus juicios (también su juicios) de meterse y dictaminar sobre los motivos y los actos de los otros.
Pero sí, yo también soy juez. Y mal que mal también me duele.
Buenos días.
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